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Cuando las armas hablan, los héroes pedalean. · 18.10.06 por Carlos Gamo

.....a los que de verdad sobreviven.

Los estallidos de los constantes bombardeos continuaban sin dar un respiro a nadie en la pequeña ciudad al norte de Beirut. Las calles estaban vacías a esas primeras horas de la mañana, la aviación seguía descargando su mortífera carga llena de muerte y destrucción. Durante una noche sombría y terrible no habían cejado de acosar el centro de la ciudad, allí donde se suponía que estaba el centro de operaciones del grupo rebelde.
Ahmed y su familia estaban recluidos en su pequeña chabola esperando que acabara ya el asedio aéreo para intentar hacerse con algo de agua y alimentos. Agua que tenían que traer en bidones desde un pozo que se encontraba a unas cuantas manzanas de su casa. Ahmed era el encargado de ello, era el cabeza de familia, con sus escasos quince años, después de que su padre, del que ya no sabían nada, les abandonara para combatir contra el país que les estaba invadiendo.
Su madre y sus tres hermanas pequeñas le trataban con respeto y obediencia, él se encargaba de traer el agua y también algo de comida del pequeño zoco que se ponía en la pequeña plaza cuando los disparos y bombardeos cesaban.
Ahmed cogía su bicicleta – una bicicleta que le regaló un medico que había venido en tiempos de paz, con una ONG de Dinamarca – y se encargaba de traer todo lo que necesitaban para sobrevivir. Ahmed y Hans, el médico, se hicieron amigos y el médico danés en uno de sus viajes de vuelta a casa le trajo la bici. Con ella Ahmed daba grandes paseos al lado del río y por el parque de su ciudad con Hans cuando la vida era normal, alegre y luminosa. Ahora, nada de eso existía ya.
Cuando se dejó de oír disparos y no se escuchaban aviones en el cielo, Ahmed salió de la casa con su bicicleta camino del pequeño mercadillo, llevaba en su portabultos trasero dos bidones colgando uno a cada lado de la bici y una pequeña cesta de plástico, detrás del sillín, para meter los pocos alimentos de los que se podía abastecer, así, mirando a cada lado de las calles y cerciorándose de que no hubiera nada raro en las esquinas pedaleaba Ahmed camino de los alimentos para él y para su familia.
Ahmed llegó primero al pozo, rápidamente llenó los dos bidones y despacio se dirigió al mercadillo. Pedaleando sudoroso se iba acercando a la pequeña plaza del mercadillo, cuando sus ojos se encontraron con una visión escalofriante, unas cuantas personas trataban de ayudar a las personas que estaban sangrando en el suelo, unas con los miembros mutilados, otras ya inmóviles y destrozadas, las sirenas y los cláxones de los pocos coches que iban llegando trataban de llevarse a las personas a los campamentos preparados para auxiliar a enfermos y malheridos que llevaban médicos y enfermeras de organizaciones no gubernamentales, dirigidas por personas de países occidentales.
Ahmed se había quedado paralizado ante el espectáculo dantesco que sus ojos estaban viendo, a sus oídos vino el llanto de un niño y fue en ese momento cuando Ahmed se fijo en un pequeño niño, casi un bebe, al lado de un cuerpo de una mujer que yacía muerta a su lado. Cogió al niño le metió en el cesto que llevaba y salió todo lo rápido que podían sus piernas camino del campamento donde se encontraba su amigo danés. Llegó allí sudoroso y sin aliento cuando lo vio una enfermera que estaba con varios médicos, entre ellos Hans, con el niño en los brazos.
Era de noche cuando la familia de Ahmed cenaba con un grupo de médicos y enfermera/os en el campamento junto al pequeño bebe rescatado de la muerte.
Al día siguiente Ahmed volvería a por agua y a por alimentos con su bicicleta para sobrevivir un día más.

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