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En la ciudad vieja · 11.07.06 por Carlos Gamo

Heme aquí paseando por sus calles. Hace unos minutos la veía desde el horizonte, por la estrecha y tranquila carretera, altiva, con su perfil recortándose en el cielo.
He recorrido pocos kilómetros hoy. Llevo viajando con mi bicicleta desde hace tres días y, ahora, estoy en uno de esos sitios donde hace tiempo planeé que quería estar.
Después de leer aquel libro de viajes, me dije ¿por qué no?, y me puse a preparar el viaje y a diseñar por dónde iba a pasar.

Ahora, paseando por esta ciudad con mi bici en la mano, cuando la ciudad todavía se despereza y los primeros rayos de sol atraviesan sus viejos soportales, e iluminan sus húmedas calles mojadas por la lluvia caída la noche anterior, empiezo a dejar vagar mi imaginación a tiempos remotos en los cuales, esta plaza, y con ellas sus piedras, nos podrían hablar de tiempos de sangre, de luchas, de hogueras, de ahorcamientos, de ejecuciones, de multitudes histéricas corriendo sin saber dónde esconderse, pero también de juegos y bailes, de vida y de música.

Recorro las estrechas callejuelas del barrio judío, cercano a la plaza, cuyo origen se remonta a tiempos del medioevo, desde que unas cuantas familias judías se asentaron en esta parte de la ciudad. Apenas entra la luz y, con sus balcones pegados unos a otros se forman túneles de ladrillo, barro y madera.

Disparo mi cámara fotográfica intentando captar esas sutiles luces que se cuelan por ese pequeño canalón o por aquella vieja ventana, en estas horas en que la luz deja un rastro etéreo y efímero en sus pequeños detalles y reflejos; esa atmósfera, que crea la luz al pasar por aquel arco iluminando sólo unas grandes losas de piedra y, éstas, a su vez, en su reflejo húmedo, dejar ver el pequeño atrio de la iglesia románica.

Pero la ciudad es una muerte viviente. En sus piedras, muros, ventanas, puertas, es una ciudad muerta y ello da una sensación de melancolía: quiere tener el aspecto de que vive. Lo mismo sucede en muchas ciudades, por ejemplo, de Italia, Grecia, Francia y ciudades de Oriente. Cuando nos encontramos en una de estas ciudades pensamos para nuestros adentros: ¡¡Mira!! Esta ciudad vivió en otro tiempo y,...aun hoy, se ven algunos espectros en sus calles.

Con las primeras luces las sombras del pasado lo dominan todo, lo exageran y parece realmente que volvieras a épocas pretéritas. También estas fotos serán objetos muertos, retazos de luz de un pasado y de un momento único, ya vivido.

En silencio,- sólo roto por los primeros cantos de los pájaros-, he ido a parar al viejo puente de piedra y, desde ahí, sentado y apoyado en uno de los pilares que se asientan en la ribera del río, me paro a contemplar el plácido discurrir de sus aguas y, al mismo tiempo, entrever el discurrir de mi propia existencia.

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Un día cualquiera Cuando las armas hablan, los héroes pedalean.