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Crónica de Münster · 21.05.07 por Ana Luño Muniesa

Nací y he residido la mayor parte de mi vida en Zaragoza, la ciudad del cierzo. Antes de empezar la Universidad, hice un cálculo estimado de las horas muertas que iba a pasar esperando el autobús para ir a clase, los nervios que iba a padecer cada vez que me retrasara por su culpa y el número de sonrisas de niños que podía provocar una bici pintada de vaca. La balanza no podía estar más descompensada, así que empecé a preguntar quién no utilizaba la bici que tenía en el pueblo, hasta que un amigo caritativo, o harto de que fuera tan pesada, accedió a “dejarme” su bici.

Las primeras reacciones cuando decidí optar por este medio de transporte, oscilaban entre la risa y el reto. Desde quienes decían que me duraría dos semanas, hasta quienes me calificaban de loca por la calle, casi nadie se abstenía de hacer algún tipo de comentario. Unos años después, cuando sigo utilizando la bici y no me han encerrado en ningún manicomio, me encanta ver cómo la gente empieza a excusarse a sí misma por no utilizar la bici cuando aparco en la puerta de los sitios. Los motivos pueden ser tan geniales como que “sudo” o “con mi trabajo no puedo”. Sin embargo, el motivo estrella, el que aparece en un noventa por ciento de las respuestas, es que “la bici es peligrosa”. ¿La bici es peligrosa? Rotundamente falso. Peligrosos son los coches, los agujeros del suelo, los autobuses, las puertas que se abren de golpe y, en general, la falta de respeto a la bici.

Desconozco las estadísticas, pero como usuaria habitual he percibido un incremento del uso de la bicicleta en esta ciudad en los dos últimos años. Sin embargo, los progresos en las infraestructuras llevan un ritmo bastante más pausado. El centro de la ciudad se llena de atascos cada vez que la ocasión lo favorece, y pese a que se han peatonalizado y ampliado algunas aceras en calles importantes, la bici sigue siendo la gran olvidada de los proyectos urbanísticos.

Para mí, la bici supone un aumento de calidad de vida: es autonomía, es salud, es ahorro de tiempo y dinero y es un instrumento de interacción social. Sin embargo, en esta ciudad, seguimos siendo tan pocos los que la utilizamos, que nos sonreímos al cruzarnos en invierno con el kleenex en la mano. ¿Dónde está el fallo? Todavía la ciudad y la mentalidad de los ciudadanos no están adaptadas a la bici.

El carril bici de nuestra ciudad es un carril de decoración, muy divertido para pasear los domingos pero poco útil si lo que pretendes es llegar a tiempo a tu destino. Es más, he llegado a descubrir un maravilloso sistema de acabar con ciclistas: un carril bici que desemboca en un barranquillo, ¿se podría acusar al Ayuntamiento de tentativa de homicidio? Bromas aparte, el carril bici de esta ciudad no es práctico y en cualquier caso no cubre ni una cuarta parte del entramado de carreteras. Las alternativas son por todos conocidas: o te subes a la acera y robas espacio al peatón convirtiéndote en objeto de insultos y bufadas o intentas ganar tu espacio en el andén y te arriesgas a que te adelanten de manera imprudente.

No obstante, la inclinación de la balanza seguía siendo clara para mí, o quizá como buena aragonesa solo era necesario que alguien me dijera que no sería capaz…En mi cabeza rondaba la idea de que no debía renunciar al derecho a utilizar un medio de transporte beneficioso para todos, cuando en septiembre abandoné mi ciudad natal.

Conocía otras ciudades como turista, como voluntaria o como trabajadora temporal, pero por primera vez estaba dispuesta a ser residente registrada en otro lugar: Münster, la ciudad de las bicis. En mis dos primeras semanas allí, la pregunta más repetida fue: “¿Tienes ya una bici?” Curiosamente, en una ciudad donde los universitarios viajan gratis con el transporte público por toda la región y los autobuses tienen una frecuencia cierta y envidiable, la bici es una necesidad básica. Paradójicamente, en una ciudad donde llueve casi todos los días y el viento y la niebla no envidian en absoluto a los de la ciudad de la Virgen del Pilar, la bici es el medio de transporte por excelencia.

En Münster, quien no tiene una bici tiene dos (para cuando pincha la primera poder recurrir a la segunda). La ciudad tiene aparcamientos para bicis en casi todos los lugares donde hay una acera y en aquellos sitios donde no esta previsto y se necesita, aparece un aparcamiento espontáneo.

El carril bici más común tiene una amplitud suficiente para que puedan circular dos bicis paralelamente. Siempre hay un carril bici en cada sentido y se debe circular correctamente en el lado correspondiente, a no ser que se quiera probar la efectividad y pertinencia de la Policía alemana. En algunos casos el carril bici es un carril adicional en la calzada, idéntico al de los coches y delimitado por una raya azul discontinua, que hasta ahora no he visto atravesar a ningún coche. En las calles que no hay carril exclusivo para la bici pero existe carril bus o taxi, está permitido utilizarlo de manera compartida. Incluso en algunas calles, las bicis pueden ir en dirección contraria a los coches sin que suponga un riesgo para su vida.

Sin embargo, para mí lo mejor son las rotondas. Cuando llego al cruce y de repente los vehículos motorizados dejan de contaminar unos segundos para que pase yo con mi espalda erguida, de verdad, es que me emociono…

Ciertamente nos queda mucho camino por hacer, un camino que empieza por un cambio de mentalidad fundamental, por valorar la importancia que tiene adaptar la ciudad a la bicicleta. Alemania ha sido tomada como modelo en la economía, en la manera de legislar, en la tecnología, en muchas y diversas materias, ¿por qué no intentamos exportar su ventaja en la cultura de bici?

La lluvia en Münster

Si tuviese que escoger los dos elementos que con más frecuencia pueden verse en la ciudad de Münster, definitivamente optaría por la lluvia y la bicicleta. Parecen dos palabras de difícil conjugación, sin embargo pese a registrar unas precipitaciones medias anuales de 744 mm., según el Anuario Estadístico que publica el propio Ayuntamiento , las cifras oficiales hacen referencia a 500.000 bicicletas en la ciudad.

Lejos de formar parte de una frase disyuntiva, en esta ciudad alemana la lluvia y las bicicletas son compatibles. La bici es el medio de transporte habitual de muchos ciudadanos y la lluvia puede aparecer de manera tan espontánea como impertinente, en cualquier momento y con todos los matices posibles. Por eso, quienes quieren combinar los dos elementos, sin tener disgustos ni pulmonías, salen de casa con los materiales necesarios.

En la bici, además de la cabeza, el tronco y los brazos, queda abiertamente expuesta al chaparrón la zona de los muslos. Esto tiene un inconveniente añadido, ya que mientras estamos en movimiento los músculos están calientes pero, al detenernos, la tela húmeda sobre el músculo enfriándose no es una buena recomendación. Por eso, cuando la lluvia es intensa, no es suficiente llevar un abrigo impermeable sino que debemos buscar una solución adicional.

La opción más inmediata, pero también ilegal y sólo apta para avanzados, es utilizar un paraguas. Pese a que el ciclista queda expuesto a una multa de la Polizei y un resbalón fatal, se ve por la calle gente que opta por esta no recomendada alternativa. Una segunda opción puede ser recurrir al poncho. Éste cubre ampliamente todo el torso de manera que al estirar los brazos para coger el manillar, tapa también la zona de las piernas. Para mayor comodidad, lleva cosidas en el interior dos cintas por donde se deben pasar las manos. Puntualmente las cintas pueden engancharse a los frenos para poder buscar algo en el abrigo, como un kleenex…Para transportarlo, se abre el bolsillo que tiene en la zona que cubre el pecho, se da la vuelta y se mete toda la tela dentro, convirtiéndolo en una especie de bolsa de cómodo transporte.

Una tercera opción, que se ve a menudo en Münster, son los pantalones con membrana impermeable y velcro en los laterales, que se ponen encima de los pantalones de calle. Los pantalones son especialmente prácticos cuando al temporal de lluvia se añade el viento, que podría convertir al usuario del poncho en auténtico derviche turco intentando dominar sus atuendos.

Otro asunto que se debe tener en cuenta es el sillín. Quizá la lluvia es considerada contigo y se limita a aparecer mientras estás resguardado. En ese caso, puede encontrar el sillín completamente mojado, con la incomodidad que esto supone. Se puede llevar un trapo o una bolsa de plástico en la mochila. También hay quienes optan por cubrir el sillín con una bolsa de plástico siempre que aparcan la bici, aunque tampoco esto es buena solución cuando aparece el viento. La solución óptima en este caso pasa por haber tenido un poco de suerte a mediados de octubre. Durante ese mes, dos librerías de la ciudad utilizaron el sillín de las bicis, que estaban estacionadas en determinados lugares, como reclamo publicitario. Para ello, cubrieron los sillines con unas fundas donde estaba impreso el nombre del establecimiento interesado. Desde entonces, muchos ciclistas urbanos llevan consigo el obsequio y lo utilizan para cubrir el sillín toda vez que lo encuentran mojado y de esta forma evitan que sea su ropa y cuerpo la que se empape en agua.

El último aspecto que se debe tener en cuenta y precisamente el más importante, es la conducción. Todos sabemos que los frenos no funcionan de la misma manera cuando están mojados, que la dinamo puede no alumbrar y que el suelo resbala más de lo normal. Pese a que el carril bici está hecho en su mayoría de adoquines ciertamente antideslizantes, las hojas mojadas que han caído de los árboles o las rayas del suelo trazadas con pinturas determinadas, pueden ser motivo de una caída fatal. Por eso, cuando llueve, es esencial extremar la precaución en la conducción, al fin y al cabo, si llevamos la indumentaria adecuada y el material tiene la calidad que nos certificó el vendedor, no debería preocuparnos mojarnos y si sucede, ¡quizá es el momento de volverse a casa y redactar una reclamación!

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