El bosque vivo · 17.05.07 por Carlos Gamo
Una brisa suave movía ligeramente las hojas de los robles. Me había llevado unas dos horas aproximadamente llegar en bicicleta desde la estación de tren. Tren que me había traído hasta estas tierras del norte. Las siluetas de las montañas ya empezaban a tomar ese color azul verdoso que presagiaba el fin de la tarde y, con ellas, la brisa del atardecer traía un dulce sabor a tierra y humedad del bosque. El itinerario del viaje me iba a llevar entre ríos, bosques y colinas suaves y por pequeñas poblaciones, dejando más al norte los picachos que llevaban a cotas cercanas a los dos mil metros sobre el nivel del mar.
El bosque me rodeaba, los majuelos, avellanos, acebos, robles y hayas daban compañía a mis pedaladas, aunque también se dejaba ver algún tejo y entre todos ellos un pequeño arroyuelo que más adelante se convertiría en un pequeño río. Aquí, todo respira vida, todo esta en continuo cambio, evolución; con cada pequeña fracción de tiempo que pasa el bosque deja de ser el que era en apenas un segundo, desde las hojas de los múltiples árboles hasta las pequeñas briznas de hierba todo es nuevo, todo fluye creación instantánea, el bosque respira como ser vivo que es en su totalidad.
En ese momento, me vino a la cabeza cuan diferente era lo que estaba percibiendo en ese instante a lo que leí en el tren: un pequeño relato que me pasó una amiga, este relato estaba escrito en una especie de boletín o revistilla llamada Ciclopedia, el título de este relato era “La ciudad vieja”, en él, el autor trataba de dar una imagen-reflexión de las ciudadelas o antiguos núcleos de ciudades antiguas como cosas sin vida, sin un presente, en la que todo respira pasado, muerte. En las que las piedras y sus edificios no nos dicen nada más que lo que fueron un día en un pasado ya, olvidado, muerto.
Aquí, la energía del bosque fluye dinámica y constante siempre eterna hacía adelante nunca se para, siempre respirando vida, cada segundo diferente al segundo anterior, cada minuto diferente al anterior, desde el crecimiento de una rama, hasta la apertura de una yema que deja paso a una hoja, desde el minúsculo ciempiés abriéndose paso en la tierra húmeda hasta el majestuoso giro de las alas de un buitre posándose en los roquedos. Cambios en las cosas materiales como en las inmateriales, como los olores diferentes a medida que vas avanzando por el bosque; cambios en los diferentes trinos de los infinitos pájaros que se encuentran dentro del bosque.
La arquitectura secreta del bosque destila presente absoluto: aquí y ahora, nada de un pasado, quizá escrito en las raíces, en los troncos, quizá en señales que hay que saber interpretar pero nunca son algo estático, quieto, parado, detenido como en las ciudades, como en las piedras y el cemento, la naturaleza sólo nos muestra vida. Una vida que como la savia fluye hacía adelante como mi bicicleta se desplaza lenta y pausadamente gracias a mis rítmicas pedaladas.
La noche se aproxima y lentamente llego a un claro del bosque, cercano al constante y armonioso fluir del agua del arroyo, los últimos cantos de los pájaros me acompañan, aquí acamparé y me dejare mecer por el susurro del agua y por las lecciones y sueños del bosque.
