Rumbo a Villasur · 17.05.07 por Walter Post Villacorta
Para Águeda

A pesar de que hemos iniciado el regreso a Villasur de Herreros con el tiempo que creíamos suficiente, el sol, entre las agujas de las coníferas, está empezando a ocultarse. De cuando en cuando, sus rayos iluminan parte de la Vía Verde de la Sierra de la Demanda, entonces sentimos su calor, y los cortavientos llegan incluso a sobrarnos. Seguimos pedaleando. Las horas van pasando y la claridad se torna ambigua. Nos detenemos en un par de ocasiones para reponer fuerzas y, entre sorbo y sorbo de agua, algún que otro beso se desliza entre las galletas con chocolate. Dejo mis guantes a Águeda, pues el viento, cuando pasamos por pinares, se torna frío. Al cabo de un rato, cierta debilidad empieza a apoderarse de mis piernas, de mi aliento, al pedalear, y el pachucherismo se convierte en aliado del justificado cansancio. Mi cuerpo quiere parar, pero sé que aún quedan muchos kilómetros, y la luz se hace cada vez más tenue. Las hojas de las hayas alfombran el suelo en ciertos tramos y, al pasar por el hermoso puente de hierro, las tablillas de madera han temblado, recordando viejos tiempos en que otro medio de transporte horadaba el silencio de este precioso embalse. Nos damos cuenta del modo en que, progresivamente, el cielo se oscurece y la pista de la Vía Verde va destacando cada vez más del resto del entorno, adquiriendo, incluso, cierta fosforescencia blanquecina. Mi sensatez me grita que no vaya tan deprisa, pues ya no veo ante mí más que una masa amorfa de negrura que todo lo rodea y, en medio, una franja clara que, en ocasiones, parece incluso levitar, venirse hacia mí, como si me dirigiese hacia una cuesta arriba, pero lo cierto es que mis piernas apenas tienen que pedalear para seguir manteniendo esa velocidad. Me digo que podría haber ramas, una piedra, cualquier objeto tirado en el camino que me va a hacer volar, pero me dejo fluir, llevar por el ritmo de mi corazón y la urgencia del retorno. Hemos consultado el mapa en varias ocasiones, sorbiendo los últimos atisbos de luz, pero no aparece en ningún lugar el desvío que aparece sobre el papel. Si continuamos de frente, vamos hasta Arlanzón por pista, relativamente seguros, pero supone hacer muchos kilómetros más. De lo contrario, si nos salimos de ella por alguno de los maltrechos caminos que, de cuando en cuando, aparecen –ninguno el deseado que conduce a Villasur-, nos arriesgamos a seguir, sin luz, por un suelo que nos obligará a descabalgar y, quizás, a perdernos. Al cabo de unos kilómetros, una GR sale a nuestro paso. La decisión es difícil, pero nos arriesgamos, más aún, si cabe, pues no nos bajamos de las bicis, y vamos sin frontales. Empiezan los surcos en el terreno, los cruces en los que hay que robar a la negrura, desesperadamente, en cualquier rama o piedra, las marcas roja y blanca. Hay alambradas, socavones, algo de ganado que se asusta al pasar junto a él. Observo el cielo y, a pesar de no haber sol, ni luna, ni estrellas aún, cierta claridad azul marino cubre la bóveda; un préstamo que los dioses nos conceden para que nuestros dientes no queden clavados en el suelo en cualquier momento. Águeda está un poco asustada, pues imagina una noche de frío deambulando por entre campos anegados en barro, pero el pueblo está cerca, lo sabemos, aunque desconozcamos si vamos por el camino adecuado. Al cabo de unos minutos, de entre la oscuridad emerge, cual faro de esperanza, la torre de la iglesia de Villasur, y entonces la tranquilidad vuelve a campar por nuestros pechos. Sonreímos y, al estar ya bajo la luz de las farolas del pueblo, algunos minutos después, nuestros chalecos fosforescentes gritan de alegría. Nos abrazamos y un beso sella esta pequeña aventura inesperada. Regresamos al camping. Ducha caliente, un cuenco de seitán con bulgur, algo de chocolate –por supuesto- y una mirada serena, y agradecida, a las bicis, que –como sus dueños- duermen ya apoyadas la una en la otra, compañeras de viaje, maravillosos medios para sentirse vivos, más vivos aún, entre hayedos de hojas rojas, montañas besadas por la erosión y una Vía Verde que atraviesa valles… y une corazones.
