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Castilla · 17.05.07 por Pedro Leralta

Val d´Aosta

Campos de Castilla. Océanos de cebada, mares de trigo. Con sus olas mecidas por el viento. Tierra dura. Pueblos de adobe despoblándose. En pocos años morirán con los pocos ancianos que quedan en ellos. Es el progreso. Dicen.

El Burgo Ranero. Sonrío. Buen sitio para quedarse con ese nombre. No te lo explico porque no lo entenderías. Son cosas de humanos. Ni una rana a pesar del topónimo… Ya ha pasado León. Menú del peregrino. Buen precio y comida casera. Cuatro desconocidos compartiendo mesa. Joan, isleño balear y funcionario de ayuntamiento, nos cuenta: “Estoy enamorado. Estoy enamorado del camino. Hace cinco años fue la primera vez y desde entonces, mis mes de vacaciones, al camino. Ya tengo amistades en muchos pueblos y empiezo a ser de la gran familia jacobea…”. De piedra me quedo. ¿Tanto tira esto? ¿Es el viaje iniciático?

León y su barrio húmedo me despiden a las cuatro de la mañana. Te agarro y nos caemos. Me río. Me desternillo. Seguro que a ti no te hace ninguna gracia, pero no puedo parar de reír. Es la risa del borracho. Del que no sabe mentir. Y te agarro y te empiezo a preguntar por qué me ha dejado, qué he hecho mal. La vida es larga y queda mucho por hacer, pareces decirme consolándome con esa mirada metálica. Te lo agradezco entre risa que es llanto. Entre carcajadas de lágrimas. Yo también tengo mis razones para hacer el camino…

La maragatería. Donde el tiempo se detiene. El Bierzo. Verde y fuego. Tejados de pizarra entre valles perdidos. Montes arrasados por la cerilla del pirómano. Subsistencia entre la agreste belleza. Ya se escucha el gallego y pronto llegaremos a O Cebreiro. Pero antes una zarza en el camino hace que te desinfles, que te quedes sin fuerzas. Además la trasera. Paciencia. Alforjas. Rueda.

Cubierta. Cámara. Pegamento. Parche. Paciencia de nuevo. Nos dan las doce de la mañana. Fuerte pendiente ascendente. Treinta y seis grados a la sombra. Prefiero no pensar cuántos serán al sol. Al fin, las pallozas. Frescas en el interior, con sus tejados de brezo. Otra época. Galicia, cielo panza de burra. Chispea. Chispea. Lluvia infinita. No, es finita, finita pero insistente. Me río de mi ocurrencia.

En un cruce, una vikinga despistada. “¿Ayuda… help…?”. Uña y carne hasta Santiago. Cruzamos comarcas de pueblos ensamblados, pegados. Donde acaba uno empieza el otro. Se mezclan los carteles: parroquias, concellos, pobos, cidades. Minifundios superpuestos. Bosques, colinas, campo verde y cielo gris. Tres días. Empapados. Y tú, celosa. Ya lo sé, no te presto casi atención. Te dejo apoyada de cualquier manera…, se me olvida candarte…, lo sé. Perdona… La casualidad nos provoca: Miss Baviera y yo solos en un pequeño albergue. Estamos al lado, muy juntos, cada uno con su mochila… imaginaria. Pero pesada, muy pesada. Nos impide pasar de una mirada. Dormimos plácidamente.

“¡¡¡Santiago!!!”, gritamos. Gritamos fuerte al bajar hacia la plaza del Obradoiro. Sensación única. El vello de punta. Nos abrazamos. La felicidad de los locos. Pensión en el barrio viejo. Te dejo en un cuchitril lleno de polvo. Perdóname de nuevo, pero estoy eufórico. Pulpo, lacón, ribeiro, queimada. Y cama de matrimonio. Aparcamos las mochilas. Inolvidable.

Mañana. Siempre es mañana. Despedida eterna. Vuelta a casa. En el bus me preguntan por el viaje. Enumero: Idiazabal, Cabra riojano, Fresco de Burgos, Castellano viejo, Tetilla… Rosado, Rioja, Ribera del Duero, Tinto berciano, Albariño… Navarra, verde; Rioja, roja; Castilla, amarilla; León, marrón; Galicia, gris.
Gusto, olfato, vista… (¡y tacto!). Un viaje por los sentidos.
Mas la realidad es terca y el triángulo que pudo ser, perdió la hipotenusa; de la teutona nunca más se supo. Pero tú y yo, fiel compañera, nos bastamos para cerrar el círculo.

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El círculo cerrado. Rumbo a Villasur