Go to content Go to navigation Go to search

El círculo cerrado. · 18.05.07 por Carlos Gamo

El puente de Tivoli

Te miro. Te remiro. Te observo. Te analizo. Te toco. Te mimo. Te hablo. Te cuento. Te pregunto. Te acaricio… Polvo, sólo es polvo; un manguerazo y estarás como nueva. Te monto… ¡cuánto tiempo sin sentirte! ¿Dos años han sido? Ahora me parece una eternidad. Nos deslizamos juntos. Te he echado de menos. Aunque no lo parezca. Y en el fondo sé que tú a mí también…

Ella no me gruñe. No me grita. No me suplica. No me pide. Realza mi ego. Aunque sí, me provoca. Un poco sí que me provoca. Me pide un poco más. Pero de momento todo es suave. De momento. A la gasolinera. Una moneda. La ametrallo con ternura. Líquido elemento. Lo agradece. Brilla. Platos relucientes. Piñones inmaculados. Renacen las pegatinas. Debajo del polvo hay vida, color. Morado. Púrpura. Violeta. Lila. Cárdeno. Nazareno. Ese es tu color: nazareno. Unas gotas de estratégico aceite. Cadena, frenos, cambio. Como hace 12 años. Como cuando estabas en el escaparate de la tienda. Sólo esa cicatriz que tú y yo sabemos. Ese día aciago en la ciudad. Ese coche impertinente. Un toque y al suelo. El rasguño de la acera. En tu bajo vientre. No fue nada. Sólo lo sabemos tú y yo. Hablamos. Estás de acuerdo. Decisión consensuada. ¡Allá vamos! Santiago, Yago, Jago, Diego, Jaime, Xacobo, Jacobo, Jakue, Jaume, Jacob, Jacques, James… En hebreo, “el que cambia”. Yo no quiero cambiarte. No te cambio. Quiero que seas mi compañera. Primero preparar. Alforjas repletas. No sé qué dirás con tanto peso. ¡Vaya cara pones! Replanteamiento. Quito ropa. Quito comida. Retiro herramientas. No, herramientas no, que luego no hay quien te aguante: chirridos, parones, bloqueos… De nuevo, adentro con todas las herramientas. Llegamos a un acuerdo. Todo listo. Tren regional. Tú en tu vagón y yo en el mío. Juntos pero separados. No te preocupes, te veo desde mi asiento y no te a va a rozar ni el revisor. Campos. Montañas. Bosques. Estación. Te vuelvo a sentir debajo. Sigues como siempre. Por mucho que te maltrate. Amiga fiel… Autobús. Mala cara cuando te ven. Tengo que disimularte en una bolsa, no les gustas demasiado. Te dejo en su barriga. Un pulpo te asegura. Me consuelo con la certeza de que los pulpos de Santiago son más sabrosos. Ya llegará.

Orreaga-Roncesvalles. Nos instalamos. Me lo pienso. Mi yo ateo y mi yo peregrino entran en conflicto. Te miro. No sabes qué decirme. Cinco minutos más tarde estoy entrando en la iglesia. Recibo la bendición de los sacerdotes. Creo que mis principios no han sido mancillados. Creo. Lugar especial. Allá donde los vascones derrotaron a Roldán. Preciosas las campanadas de las doce de la noche. Bonita la de la una. Impertinentes las de las dos. Molestas las de las tres. Inaguantables las de las cuatro. Y el alemán a mi lado roncando a los cuatro vientos. Afortunado. No escucho las cinco campanadas. Hum… sueño reparador. A las seis comienza el espectáculo. Movimiento de bolsas. La torre de Babel en susurros. Golpes contra las literas. Despertadores. No puedo más. Voy en tu busca y desaparecemos. El fresco de la mañana me espabila.

Hayas, robles, alisos, abedules. Verde, verde y verde. El país del verde. Pueblos aseados. La Casa, Etxea. Con mayúscula. Casa-familia. Casa-vida. Casa-siempre. Una farmacia. “Tapones para los oídos, por favor…”. “¡Eskerrik asko!”. Mercadillo artesanal. Queso de la zona y pelota de frontón para niños. Goxua –dulce– se llama. Caseríos. Aldeas. Pueblos. Y siempre un frontón. Probemos mi habilidad. Los chavales sonríen al verme. Bueno…, podría ser peor.

Pamplona. La vieja Iruña de los tres burgos. Cabalgamos por sus calles en lo viejo. Finales de junio, aroma de sanfermines. La ciudad se prepara para lo que se le viene encima. Huimos de allí buscando horizonte. Pamplona se expande hacia su cuenca. Nuevos pueblos crecen a su sombra. Urbanizaciones de adosados como espinas dorsales desde lo alto del Perdón. Seguimos. No protestas. Sólo un leve chirrido por el barro que se desprende al pisar el asfalto.

Iglesia de Santa María de Eunate. En medio de la nada. De la nada actual. Gárgolas ofensivas, casi pornográficas. Muchos arcos. Ehun-ate —cien puertas—, el euskera nos da la pista. Puente la Reina-Garés. Empieza a llover. Parada, alforja, chubasquero. Al escampar cruzamos su majestuoso puente. Te llevo a mi lado, queremos disfrutarlo despacio. Muy despacio. Estella-Lizarra. Bien vale una cabalgada por sus callejuelas. Vuelve a llover. Pero lluvia y 25 grados son compatibles. De hecho estoy más mojado por dentro que por fuera. A ti te viene bien. El agua te libera del barro y estás más ágil y dispuesta. Me pasan tres machacas y me pongo a rueda. Mucho mejor ahora. “¿De dónde eres?”. “De Cuenca…”. “Pues estarás comprobando lo que decimos los navarros…”. “¿Qué decís?”. “Que en la bici todo te da por culo… ¡menos el viento que siempre te da de cara!”. “Ja, ja, muy bueno… Viana, ¡aquí me quedo!”. “Hasta otra…”. “¡Agur!”.

Albergue por fin. Pies, pies y pies. Pies a remojo. Pies colorados. Pies heridos. Pies masajeados. Pies molidos. Pies por doquier. Tengo que estirar, que si no mañana lo pagaré. Tú estás encantada en tu porche. Con tres amigas. La cadena va forrada de plástico. No te preocupes, no te rayarás.

La Rioja. La “roja” debería llamarse por el color de sus tierras. Tierras de color vino rosado, encarnadas, anaranjadas. Viñedos, viñedos y viñedos. Y toboganes. Rompe- piernas, que diría el locutor. Y tú, aguantando el tirón. Villafranca, Montes de Oca. Un respiro. Hay que mimarte. Ajuste de tornillos y cables. Al día siguiente estás en forma. Yo, no tanto. Empiezan a pesar los kilómetros, los ábsides, los pantocrátores, los canecillos. Mucha gente sola. Mucha promesa. Mucha reflexión. Una pista de tierra, una bajada empinada. Viento en contra, una figura al final de la cuesta. Silbo. No me oye. A pocos metros de alcanzarla vuelvo a silbar. Jugándome el tipo, con una sola mano sujetándote. ¡Cuándo aprenderé a silbar sin manos! Se asusta bastante. No me ha oído hasta que estaba encima. “Perdón, llevo un rato silbando”. “Nou comprenda”. Habrá que buscar en el oxidado compartimento de idiomas de mi cerebro. A la media hora de caminar juntos veo que no me apaño tan mal. Esos meses en Inglaterra hace 20 años me han abierto muchas veces camino. “Desde Nueva Zelanda nada menos… ¿no había nada más lejos?”, le bromeo. Quince años mayor que yo y rondando los 100 kilos de peso y simpatía. Estaba en la bañera de su casa y oyó una voz que le dijo: Tienes que separar tu camino del de John (su novio). Se asustó y llamó a su novio que no dejaba de comunicar. Al final colgó. Al momento sonó el teléfono. Era John. Le decía que había oído una voz pidiéndole que abandonara su relación con ella. Yo no podía creérmelo, pero ella no mentía. No mentía. Y había tomado rumbo a Santiago para encontrar su propio camino. Muchos andábamos así. Me hice peregrino de a pie un día completo para escucharla y disfrutarla. Y tú, te alegraste… ¡eh, bribona! Un día entero sin jinete. Sin sentir mis isquiones en tu espalda. Sin sufrir los giros de las bielas en tus entrañas. Me despido de mi amiga antípoda y vuelvo a la carga. Más fresco, al haber dejado descansar algunos músculos; los que sirven para ponerte en marcha. Burgos y su maravilla gótica. Hay fiestas. Se oye una voz en el albergue, “¿Quién se viene a dar una vuelta?” Salimos unos cuantos a ver el ambiente. Tú te quedas un poco triste. Lo siento, no puede ser. Hay mucha gente en la ciudad y es mejor ir andando.

Nadie conoce a nadie. Cita a ciegas total. Concierto de rock. “Voy a por algo de beber”, les digo. Un puesto de chuches. “¿Tienes cerveza?” “No, y mira que tengo sed, pero no me puedo mover del puesto”. “Gracias, adiós”. Encuentro un bar. Pido unas latas. Regreso al puesto y, sin palabras, le ofrezco una. Él, sin palabras, me regala una mirada azul inolvidable. Mirada agradecida de sed infinita calmada. Y en momentos malos, aún la traigo a mi mente para reconfortarme.

nombre
email
http://
Mensaje
  Ayuda Textile

Ballenas varadas Castilla