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Las alforjas y la primera ley de cada Isaac · 30.10.07 por Marcos Cruz

Me llamo Asecas, Isaac Asecas, y esta es mi historia:

Ya había anochecido. Mientras preparaba cuidadosamente el equipaje para mi nuevo y largo viaje en bici, un sátiro robot pero con sombrero de cucurucho salió de repente del frasco del aceite lubricante y extendiendo una mano me ofreció un pequeño paquete envuelto en papel de periódico, mientras con la otra se limpiaba las legañas de óxido: “Toma, lleva esto contigo, no lo olvides; no sirve absolutamente para nada, pero cabe en cualquier sitio y sólo pesa 607 gramos”. Y dicho esto y dando un brinco salió silbando por la ventana.

Observé con atención el paquete sin lograr entender su inutilidad exacta, pero aun así me pareció una idea estupenda llevarlo conmigo pues, como comprobé enseguida, en el fondo de la alforja pasaba totalmente desapercibido, no ocupaba casi nada de espacio. Lo más sorprendente era su asombrosa ligereza, poco más de 600 gramos de nada, como comprobé con la vieja y fiable romana de mi abuelo, porcentaje mínimo y despreciable del peso total a desplazar. Por si fuera poco, después de darle muchas vueltas me terminé convenciendo de que efectivamente aquel bulto no tenía utilidad ninguna, así que felizmente no tendría que preocuparme por él durante todos y cada uno de los 417 km de viaje que me esperaban al amanecer, cruzando ríos, lagos y montañas. Así pues, ¡todo eran ventajas!

Coloqué el paquete del sátiro robot en el fondo de una de las alforjas y seguí mi tarea con renovada ilusión y extremo cuidado: como siempre, no sólo tuve en cuenta el peso de cada objeto sino además su volumen, sus funciones y el número total de ellos: cuantas menos cosas mejor, pero sin renunciar a nada imprescindible. Por ejemplo, ¿para qué llevar 43 gramos de cortauñas, si cualquier necesidad podológica, con un poco de práctica, la podemos satisfacer igual de bien con el tronchacadenas? Esta tarea me llevó varias horas hasta que por fin tuve a punto todo el equipaje, con el mínimo número de objetos, y el mínimo volumen y peso para cada uno.

Intenté dormir. El televisor de los vecinos se oía a través de la pared: ”...llame ahora mismo y encargue este magnífico aspirador turbo, con válvula de seguridad, control remoto, empuñadura asistida y arranque electrónico. Cabe en cualquier sitio porque no ocupa espacio y no pesa…” El sueño me vencía mientras se me estaba ocurriendo que al asiento de la bici le vendría bien un aspirado que otro durante tan largo viaje. Cabe en cualquier sitio y apenas pesa… cabe en cualquier… pesa… cabe…

Anexo: Ejercicio práctico para cicloturistas imaginativos

Instrucciones para quitarle más de 600 gramos de peso inútil a unas alforjas Lotus de las de enganche de gomas:

Desatornilla los ganchos con que se cuelga la alforja al portabultos.

Quita las gomas de sujeción laterales con su gancho y sus arandelas. En su lugar usa una simple goma elástica fuerte (por ejemplo un pedazo de cámara) anudada a la cinta horizontal que llevan cosida las alforjas.

Quita las tres piezas de plástico de cada alforja que forman su armadura interior. Atornilla de nuevo los ganchos de sujeción al portabultos añadiendo arandelas para proteger la lona.

Corta los cuatro corchetes colgantes de cada alforja que sirven para unirla con la otra al llevarlas juntas en bandolera. No se usan jamás.

Bibliografía apócrifa

Primera ley de Isaac Newton: “Si un cuerpo no actúa sobre ningún otro, probablemente permanecerá indefinidamente sin hacerse preguntas”.

Primera ley de la Robótica, por Isaac Asimov: “Ningún robot por muy sátiro que sea puede perjudicar a un ser humano, como por ejemplo un cicloturista, salvo que éste se deje”.

Primera ley de Isaac Asecas: “Cuantas menos cosas, más pequeñas y más ligeras, mejor”.

Todo esto mejor explicado, y muchas cosas más, en las páginas de “Vivir en bicicleta”: alinome.net/bici.

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La rueda o el símbolo de la vida · 30.10.07 por Carlos Gamo

Me había quedado con la rueda delantera en la mano, después de haber reparado la bicicleta en la tienda. Me dijeron que el buje y la llanta estaban muy desgastados y que no merecía la pena ponerla otra vez; por mi seguridad, me cambiaron la llanta, los radios y el buje nuevo.

Así que ahora tenía una rueda de más y en ese momento no se me ocurría qué podía hacer con ella.

Una tarde me encontré con una amiga y hablando de todo un poco le relate nuestro viaje por tierras de Nueva Zelanda en bicicleta y le comenté lo de la reparación que tuve que hacer a la bicicleta después del viaje. Me comentó que conocía a una persona que hacía unas obras artísticas aprovechando las llantas de las bicicletas, me estuvo explicando un poco por encima cómo eran y me dijo que si me parecía bien llamaría a su amigo y quedaríamos un día con él, para pasarle la rueda, y así fue.

Una tarde nos presentamos las dos en la casa del “artista”, con la rueda en la mano, nos saludo afectuosamente a ambas y nos invitó a conocer su obra.

Según nos iba explicando el concepto que tenía de su trabajo con las ruedas yo me iba quedando asombrada y fascinada, nos fue exponiendo el significado profundo que para él representaban las formas geométricas y signos que dejaba reflejados en su obra.
Desde el círculo donde se enmarcaba hasta los sutiles trazos que dejaba impresos como rodadas de cubiertas de una bicicleta en un papel hecho a mano, que enmarcaba sobre un bastidor y que unía a la llanta con cuerdas negras, cual cordones umbilicales que tratasen de unir fuerzas invisibles, fuerzas telúricas.

Lentamente, fue pasando la tarde y con una taza de té en las manos nos fue abriendo y desentrañando la fuerte carga simbólica que para él representaba la rueda.

La rueda, un símbolo extendido y con gran aplicación en el arte ornamental y en la Arquitectura, es complejo y de varios estratos en cuanto a su significado. Nos dijo que algunas de sus interpretaciones antiguas era la de algo solar, la idea del Sol como rueda. Nos habló de las diferentes concepciones de la rueda como algo inmóvil o giratorio. La circunferencia de la rueda y su centro, imagen del “motor inmóvil” aristotélico. Nos comentó que según un estudioso llamado Rene Guénon era también un símbolo celta que fue conservado durante la Edad Media y que son ejemplo de él los óculus románicos y los rosetones góticos. Este autor también hacía hincapié en la innegable relación entre la rueda y las flores emblemáticas, como la rosa en Occidente y el loto en Oriente, es decir con las figuras mandálicas.

Yo no sé si fue el té, la música que nos envolvía, o su serena voz al explicarnos el significado de su obra o todo un poco, pero mi mente se fue llenando de palabras como Tiempo, energías cósmicas, hinduismo, budismo, taoísmo, camino interior, vida y muerte, hojas, árbol sagrado, cruces de caminos vitales, fuerzas invisibles, mandalas, chakras, alquimia, Ying y Yang…

Al mes o así, en el contestador del teléfono tenía un mensaje, era el amigo-artista, me decía que podía ir a recoger la obra cuando quisiera. Una tarde me acerqué con mi amiga y cual no sería mi sorpresa cuando pude comprobar con mis propios ojos la obra artística que con tanta abundancia de información nos había tratado de explicar.

¡¡Mi llanta!!, la llanta con la que había recorrido múltiples y variados paisajes, con los que había recorrido caminos soñados, anhelados, carreteras perfiladas por flores, bosques infinitos y en los que siempre había dejado sombras de mi ser, se había convertido en una obra que recogía eso y mucho más, había algo en ella que emanaba vida, desde las hojas de haya impresas en el mismo papel hecho a mano, con una textura cuasi orgánica, hasta las huellas o trazos de las rodadas hechas a pastel con variados tonos de colores terrosos, todo ello hilvanado con los cordones que ligaban el rectángulo con el círculo de la llanta, todo respiraba una armonía que hacía difícil cualquier explicación simple y banal.
Ahora, cada vez que abro la puerta de casa y levanto la mirada, me entra una sensación de calma y serenidad contemplando la rueda y… sonrío.

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Viaje cicloturista en familia por el Danubio · 30.10.07 por Agustín Martín Espinosa

Iniciados ya mis retoños (Alejandra, 10 años, Claudio, 8 recién cumplidos) en esto del ciclismo desde los cuatro años de edad, curtidos ya en excursiones campestres y alguna que otra bicicletada urbana, me planteo cómo avanzar, dar un paso más en esta afición rayana en modo de vida. Llegó a mis oídos que en los civilizados países de Europa Central existe un carril bici junto al Danubio, apto para todos los públicos, llanito y que recorre bellos campos e históricas ciudades. Según cuentan, allí todo está hecho a medida del ciclista.

Planteo mi proyecto de vacaciones a la familia: algo más de tres semanas en aquellos lejanos países recorriendo unos 500 Km. en bicicleta desde Ratisbona a Viena. Los niños se apuntan entusiasmados y con su ayuda convencemos a su madre, que al principio parecía reticente. El plan es pedalear la mitad de los días, y la otra mitad dedicarla a lo que vulgarmente se denomina “turismo”.

La preparación del viaje es ardua: si en mis viajes cicloturistas normales no hay casi nada previsto, uno va por donde mejor le parece y duerme donde puede, en este caso no se puede dejar casi nada a la improvisación, sobre todo el tema del alojamiento. Desechamos llevar tienda y sacos de dormir. Así que trazo una ruta exacta y reservo alojamiento en algunos lugares que preveo puedan ser problemáticos: las grandes ciudades y las localidades más turísticas. Las bicicletas, después de valorar como llevar y traer cuatro bicis a los respectivos aeropuertos de Madrid y Viena, embalarlas, etc., decidimos alquilarlas allí. Sale más caro pero evita muchos problemas. El equipaje es el que cabe en cuatro alforjas y dos mochilitas, que llevaremos los padres. Y roguemos que el tiempo sea bueno, pues los meses de verano son los más lluviosos del año en aquellos parajes.

Después de tres días de turismo en Munich por fin nos dan nuestras bicicletas en Ratisbona (Regensburg en alemán). Comenzamos bien, el primer día hacemos casi 60 Km. gracias a un fuerte viento favorable. Yo he previsto (sin ninguna experiencia previa con los niños en este tipo de viajes) entre 30 y 40 Km. diarios. Eso contando con días intermedios de descanso. Los siguientes días se confirma que los niños van bien con unos 40 al día, aunque a Claudio hay que empujarlo algún rato al final de la jornada. Los niños disfrutan con el pedaleo. Lo más pesado para ellos es el turismo en ciudades y pueblos. Lo más divertido encontrarse a menudo parques infantiles con tirolinas y todo tipo de estructuras para hacer el “Tarzán”, inexistentes en España. Las salchichas y otras especialidades locales son acogidas con alborozo. Y los animales que se nos cruzan (ratones, liebres, faisanes y hasta algún ciervo) provocan gritos de entusiasmo. Les divierte también cruzar el río en transbordador (los hay de todos los tamaños), subir las bicis al tren, y bañarse, a pesar de que el agua no está muy clara.

El carril (“donauradweg”) es cómodo en Alemania. Buen piso, buena señalización. Muy pocos tramos son compartidos con tráfico de automóvil. En estos casos adoptamos formación de seguridad: los padres delante y detrás, con los niños en medio, bien pegaditos a la derecha. Sí es recomendable tener cuidado al atravesar pueblos y ciudades, pues aquí los críos se despistan fácilmente. Preferimos desmontar y empujar en algunos cruces complicados. En Austria el carril está mejor preparado y se puede elegir entre ambas orilla. El alojamiento, que yo preveía problemático, es fácil de encontrar (a pesar de ser temporada alta) y hay muchas modalidades,: habitaciones o “zimmer”, hostales o “gasthof”, algunos albergues juveniles, hoteles, etc. En Austria hay un servicio de información y reserva especial para el cicloturista junto al “radweg” cada 40 o 50 km. Ellos te buscan alojamiento aunque tengan que telefonear 10 veces. En cualquier caso, si llegas a tu destino pronto (nosotros acabamos el pedaleo no más tarde de las 4 de la tarde) el alojamiento está asegurado. El nivel es alto y el precio ronda los 20€ de media por persona y noche, incluyendo un buen desayuno.

El paisaje es variado y ameno. Alternan zonas de llanura aluvial con pasos encajados entre laderas de 200 o 300 metros de altura sobre el nivel del río. El Danubio es ancho, con tráfico fluvial y esclusas. Cruzamos pueblos y ciudades históricas. Nos han gustado especialmente Ratisbona, Straubing y Passau en Alemania, Linz, Grein, Melk y Krems en Austria. Aprovechamos un día de fuerte lluvia para hacer un pequeño crucero por el Danubio en el espectacular estrechamiento de Wachau.

El paisaje ciclista también es ameno: el “Donauradweg” va repleto de cicloturistas de todas la edades y nacionalidades. Desde familias con bebés en sillita o remolque, hasta clubs de jubilados. No hay complejos, todo el mundo pedalea. Las bicicletas también de todas las variedades posibles: me sorprende especialmente un “tandem” reclinado en el que el ciclista de atrás mira en dirección contraria a la marcha (pasó tan rápido que no me dio tiempo a sacar una foto, lástima).

Como balance la experiencia ha sido positiva para los niños: han visto que uno puede pasar sus vacaciones estupendamente conociendo mundo, sin subirse a un coche, con la sola fuerza de sus piernas. Físicamente lo han soportado bien, a estas edades son muy capaces de hacer 40 km al día, e incluso más. Todo ha resultado más sencillo de lo previsto. El carril es perfecto para los niños en cuanto a seguridad. El alojamiento es bueno y fácil de conseguir. Y para colmo la vida allí no resulta cara, al menos si lo comparamos con el nivel de precios de Madrid. Así que papás y mamás, animaos a pasar unas vacaciones distintas con vuestros críos.

Agustín Martín Espinosa

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Camino de Santiago en bici desde Valencia, una alternativa a la masificación del camino francés · 30.10.07 por Mikel Perles

En el verano del 2004, junto a Paco, un amiguete de Benaguasil, me aventuré en esta locura de recorrer la península ibérica desde el mediterráneo hasta el atlántico y qué mejor manera que seguir el Camino de Santiago. Primero nos estuvimos informando de la existencia de guías, planos, mapas… pero no hay mucho publicado al respecto, tan solo una guía de Amparo Sánchez, pero es bastante poco precisa, más vale llevar tan solo unos mapas y ya está.

Comenzamos en la playa de la Malvarrosa, de allí, a la catedral y siguiendo por la Vía Augusta hacia el sur recorrimos la comunidad valenciana, pasando por Silla, Algemesí, Alzira, Xàtiva, Moixent… En Castilla, el tramo más duro debido al sofocante calor, recorrimos las tierras del Quijote y el Lazarillo de Tormes, pasamos por Chinchilla, Albacete, La Mota, San Clemente, El Toboso, Almorox, Toledo… Rozamos durante unos kilómetros el sur de la comunidad de Madrid, para luego continuar pedaleando hacia la capital abulense. Desde Ávila nos dirigimos hacia Zamora, pasando por Gotarrendura, Medina del Campo, Toro… y un sin fin de bellos pueblos con su magnífico arte románico. Desde Zamora comenzaba la parte más complicada, la entrada a Galicia, por el lago de Sanabria, San Miguel de Lomba, A Gudiña, Xunqueira de Ambia, el puerto de padornelo… hasta llegar a Ourense. Ya se podía oler la ciudad de Santiago y no pudimos resistir la tentación de llegar cuanto antes, pedaleamos día y noche, llegamos a Compostela a las seis de la mañana, en 25 horas habíamos recorrido los casi 130 kilómetros que separaban Ourense de Santiago.

Desde allí hasta Finisterre, un paseo… además todo de bajada. La última noche dormimos en la playa Mar do Fora, junto a unos peregrinos italianos, hicimos una hoguera gigante y como manda la tradición quemamos las ropas de la peregrinación, para purificarnos, bañarnos en el océano y al día siguiente comenzar nuestro camino de regreso.

El planteamiento del viaje era aventurero total, prácticamente no llevábamos dinero, tan solo, una guitarra, los malabares, las cariocas, un diábolo… Para dormir nos conformábamos con cualquier lugar, campos de cultivo, pórticos de iglesias, en la calle, incluso alguna que otra alma caritativa nos acogió en su casa por la noche.

Es una ruta dura no por lo complicado del terreno, en el 90% son pistas forestales o sendas, sino por la falta de infraestructuras, hasta que entras en Galicia, prácticamente no hay flechas o indicaciones, ni por supuesto albergues. No obstante es una ruta rica en paisajes, en la amabilidad de las gentes, en la soledad del camino…

Al fin y al cabo, como en el poema de Itaca, no es la meta lo que cambia nuestras vidas, sino el camino.

Mikel Perles “perlegrino”, CLM

Para más info: perlegrino at marianistas.org

www.marianistas.org/galeria/caminodelevante

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Por tierras de la Aquitania ( Francia) · 24.08.07 por Carlos Gamo

DURACIÓN: Nosotros lo hicimos en unos 21 días. Es conveniente disponer para este viaje de un mes.

RECORRIDO:

El viaje lo iniciamos desde Madrid cogiendo el tren Regional Express que nos llevaría a Irún-Hendaya, desde ahí cogeríamos otro tren: Hendaya- Burdeos y a su vez desde Burdeos, cogeríamos otro tren hasta la ciudad de Périgueux. Hay que decir que siempre llevamos con nosotros las bicis sin ninguna pega de ningún tipo, bien visibles y controlándolas en todo momento.

Desde Périgueux iniciamos el viaje en bicicleta que nos llevaría por tierras de la Dordoña y en concreto, enmarcados por dos de sus principales ríos: el Vézère y el Dordoña. Recorrimos localidades como Thenon, Montignac, Lascaux ( famosa por sus cuevas), St, Amand de Coly, St, León sur Vézère, Les Eyzies de Tayac, Sarlat, Salignac-Eyvigues, Souillac, Carlux, Montfort, La Roque-Gageac, Castelnaud la-Chapelle, Belvès, Monpazier, , y desde aquí bajamos a tierras de la región de Lot-et-Garonne, para pasar por localidades como Monflanquin, Vileneuve sur Lot, Prayssas, Lavardac, Sos, y a partir de aquí entrar en la región conocida como Las Landas con pueblos como: Gabarret, Roquefort, Brocas, Ygos-Saint-Saturnin, Castets, e ir bajando hacía la frontera por Azur, Soustons, Biarrotte, La Bastide- Clairence, Hasparren, Espelette, Ascain, Hendaya, Hondarribia y desde ahí volver a coger el Regional-Express Irun-Vitoria-Madrid bajándonos en Miranda de Ebro y asistir a los Encuentros de Burgos, no sin antes descansar al borde del faro de Hondarribia unos cuantos días.

CARTOGRAFIA: Con el mapa 524 Regional France de Michelin que coge toda la región de Aquitania no hay ningún problema.

DISTANCIA APROXIMADA (recorrido en bicicleta): Aproximadamente 500 Kms

CÓMO LLEGAR: En tren Regional Express: Madrid- Irun; Hendaya-Burdeos; Burdeos- Périgueux .

CÓMO VOLVER: Bueno, yo en concreto volví desde Aguilar de Campó, en tren Regional hasta Valladolid y desde ahí cogí el tren Regional-Express hasta Madrid, pero quienes hicimos el viaje algunos volvieron desde Burgos, otra persona desde Dax y otra persona que nos dejo muy pronto desde la misma Dordogna.

BICICLETA RECOMENDADA: Cualquier bicicleta puede usarse desde híbridas, reclinables, hasta de montaña.

DÓNDE PERNOCTAR: Existen múltiples lugares dentro de esta ruta, tanto camping muy baratos, tipo camping en ferme (granjas con un pequeño terreno para acampar, tranquilas y acogedoras), como campings de más categoría. Francia es un paraíso para los amantes de esta forma de pernoctar, también hay desde luego múltiples opciones tipo albergues, hoteles etc, eso depende de cada uno, pero os aseguro que hay camping hermosos, como uno que hay en un pequeño pueblecito en Las Landas, al lado de un lago. Depende de vosotros.

EPOCA RECOMENDADA: Menos invierno, en cualquiera de las restantes estaciones. En otoño tiene que ser una autentica delicia recorrer estas tierras.

DIFICULTADES: No hay dificultades reseñables en la ruta, puesto que no hay grandes puertos con cotas extraordinarias, de hecho el viaje es en líneas generales “casi llano”, con cotas que van desde el nivel del mar hasta los 400 mts en puntos de la ruta muy concretos como cerca de la Dordoña, cerca de Lascaux. Ofrece cierta tranquilidad el hecho de llevar siempre las bicis contigo. Es desde luego un placer el hecho de poder ir en tren desde Madrid hasta casi el centro de Francia en tren, sin ningún tipo de problemas. Esto en cambio no ocurre dentro de la misma España.

ATRACTIVOS DE LA RUTA:

Desde luego el primero y diría principal atractivo de este viaje es la Naturaleza. Francia es ideal para atravesarla y recorrerla en bicicleta, tanto de Norte a Sur como de Este a Oeste. Bosques espesos, ríos que atraviesan suaves colinas, pueblos enmarcados en parajes recónditos (no dejéis de ver La Roque-Gageac); bellos castillos medievales, localidades amuralladas conocidas con el nombre de “Bastidas”, catedrales de estilo románico-bizantino como la de Perigueux, cuevas como la de Lascaux, con restos y pinturas que nos hablan de otros tiempos, del origen del hombre en Europa, iglesias románicas, casonas medievales, y por descontado su gastronomía, sus caldos y sus gentes. Aquitania se podría definir como una tierra donde nada es desmesurado: valles fértiles, ríos tranquilos y pueblos de pizarra y piedra, donde el tiempo se ha detenido, cobijan a gentes que cifran su felicidad en su pacto con la Naturaleza.

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Un fragor lejanamente cercano · 18.07.07 por Walter Post Villacorta

La Vía Verde de la Sierra va tiñéndose de gris, las nubes se deslizan sobre nuestras cabezas y dejan caer pequeñas gotas, apenas visibles, sobre los chubasqueros, las alforjas, los guantes con los que agarramos el manillar. Entramos en uno de los treinta túneles con los que esta vía – cuyo espacio nunca llegó a atravesar tren alguno- nos deleita. La luz artificial no se ha activado a nuestro paso –algunos minutos después, aprenderemos a pulsar el interruptor que hay a la entrada de los túneles que no tienen encendido automático- por lo que la oscuridad va lentamente engulléndonos. A medida que avanzamos, da la sensación de que las paredes oscuras se van estirando y estirando. Ante la ausencia de luz, el resto de los sentidos se hacen más presentes: escucho el rodar de unas ruedas que no veo sobre un suelo que no veo, oigo mi rítmica respiración, siento el calor del cuerpo, que empieza a sudar, la presión que mis pies ejercen sobre los pedales… Y la boca de luz arqueada me recibe por fin, me entrego de nuevo a la luz, a los cielos oscuros sobre los que flotan nubes de distintos grises, a los campos mojados y a los trinos de los trigueros. El viento muerde las costillas, y me subo, una vez más, la cremallera del chubasquero que me protege del frío de esta Semana Santa andaluza pasada por agua…

Al cabo de algunos minutos, llegamos al puente, frente al peñón de Zaframagón, y nos detenemos (pata de cabra, giro de manillar, equilibrio inestablemente estable) Queríamos divisar los buitres leonados que sobrevuelan los peñascos describiendo círculos, pero la lluvia vuelve a arrancar. Las 14:20 horas. Ya no nos da tiempo a llegar donde está el resto de cicloturistas de los Encuentros, además –pensamos- seguramente la comida bajo la enorme encina se habrá visto truncada por el agua, así que decidimos regresar a Olvera. Sólo llevamos 14 kilómetros, pero la vuelta, debido a la ligera ascensión, el viento y el barro del suelo, se hace más dura que la ida. Respiración agitada, piernas cansadas, calor de nuevo en el pecho, las axilas. Algunos toros bravos mugen a nuestra izquierda, y un poco más adelante unos perros salen a nuestro encuentro, ladrándonos, y escoltándonos algunos metros. La lluvia amaina. Salimos de otro túnel. Un cernícalo da vueltas sobre los olivos, se detiene y queda suspendido, diríase que pegado a ese cielo ahora azul. La arena del valle es roja y desciende en busca de la vaguada tachonada de distintos verdes, rojos y ocres. Decidimos hacernos una foto con este túnel. Águeda coloca su bici en el interior y yo la mía en el exterior. Sobre el trasportín de la suya, colocamos precariamente las cámaras. Activamos los disparadores automáticos y salimos corriendo hacia mi bicicleta. Rodeo su cuerpo entre mis brazos. Los cascos impiden a nuestras cabezas reposar la una sobre la otra. Los disparadores saltan y rubricamos el evento con un beso. Cuando estamos pensando en arrancar de nuevo, escuchamos un fragor, lejano, proveniente del túnel, que va en aumento. Nos miramos. Parece que se acerca. Pero no puede ser. No se permite el tráfico motorizado en la Vía Verde. El desconcierto paraliza nuestros gestos, nuestras miradas, el ruido sigue creciendo… Sin ningún lugar a dudas se acerca a nosotros. Gritamos para quitar las bicis, pues cualquiera que sea el vehículo no tendrá tiempo para frenar y las arrollará. Los reflejos muerden nuestras piernas, nuestros brazos. Cada uno corre hacia su bici para ponerla a un lado. El fragor aumenta y aumenta y en mi imaginación se disparan imágenes voluptuosas (un tren, un trailer… la mente no repara en tamaños ni en existencia de raíles, sólo sabe activar mecanismos de defensa.) De repente, el monstruo mecánico aparece: un cuatro por cuatro conducido por un anciano que no debe ir a más de 20 kilómetros por hora. Al salir del túnel, el sonido que producen sus ruedas desciende a niveles irrisoriamente reales. El hombre nos mira y sonríe amigablemente. Le vemos alejarse despacio. Águeda bromea con el espectáculo de mi cuerpo corriendo, le recordé a Indiana Jones escapando de algún peligro inminente. Reímos juntos. Nos montamos en las bicis, pedaleo suave, el viento…

El mago de Oz: la voz amplificada que asusta, la sombra engrandecida por una luz bien colocada… Cuántas cosas no son lo que parecían… Cuántos miedos paralizando las ruedas de nuestras decisiones, llenando de tierrecilla nuestras cadenas, haciendo chirriar nuestros cambios… Sonrío de nuevo. Sigo pedaleando. Tomaremos un café, calentito, en algún bar, leyendo un buen libro hasta la hora de la cena. Qué placer estar vivo, junto a ella, mientras los cernícalos aletean, las amapolas se mecen y las bicis siguen rueda que te rueda, al ritmo de mi corazón.

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Crónica de Münster · 22.05.07 por Ana Luño Muniesa

Nací y he residido la mayor parte de mi vida en Zaragoza, la ciudad del cierzo. Antes de empezar la Universidad, hice un cálculo estimado de las horas muertas que iba a pasar esperando el autobús para ir a clase, los nervios que iba a padecer cada vez que me retrasara por su culpa y el número de sonrisas de niños que podía provocar una bici pintada de vaca. La balanza no podía estar más descompensada, así que empecé a preguntar quién no utilizaba la bici que tenía en el pueblo, hasta que un amigo caritativo, o harto de que fuera tan pesada, accedió a “dejarme” su bici.

Las primeras reacciones cuando decidí optar por este medio de transporte, oscilaban entre la risa y el reto. Desde quienes decían que me duraría dos semanas, hasta quienes me calificaban de loca por la calle, casi nadie se abstenía de hacer algún tipo de comentario. Unos años después, cuando sigo utilizando la bici y no me han encerrado en ningún manicomio, me encanta ver cómo la gente empieza a excusarse a sí misma por no utilizar la bici cuando aparco en la puerta de los sitios. Los motivos pueden ser tan geniales como que “sudo” o “con mi trabajo no puedo”. Sin embargo, el motivo estrella, el que aparece en un noventa por ciento de las respuestas, es que “la bici es peligrosa”. ¿La bici es peligrosa? Rotundamente falso. Peligrosos son los coches, los agujeros del suelo, los autobuses, las puertas que se abren de golpe y, en general, la falta de respeto a la bici.

Desconozco las estadísticas, pero como usuaria habitual he percibido un incremento del uso de la bicicleta en esta ciudad en los dos últimos años. Sin embargo, los progresos en las infraestructuras llevan un ritmo bastante más pausado. El centro de la ciudad se llena de atascos cada vez que la ocasión lo favorece, y pese a que se han peatonalizado y ampliado algunas aceras en calles importantes, la bici sigue siendo la gran olvidada de los proyectos urbanísticos.

Para mí, la bici supone un aumento de calidad de vida: es autonomía, es salud, es ahorro de tiempo y dinero y es un instrumento de interacción social. Sin embargo, en esta ciudad, seguimos siendo tan pocos los que la utilizamos, que nos sonreímos al cruzarnos en invierno con el kleenex en la mano. ¿Dónde está el fallo? Todavía la ciudad y la mentalidad de los ciudadanos no están adaptadas a la bici.

El carril bici de nuestra ciudad es un carril de decoración, muy divertido para pasear los domingos pero poco útil si lo que pretendes es llegar a tiempo a tu destino. Es más, he llegado a descubrir un maravilloso sistema de acabar con ciclistas: un carril bici que desemboca en un barranquillo, ¿se podría acusar al Ayuntamiento de tentativa de homicidio? Bromas aparte, el carril bici de esta ciudad no es práctico y en cualquier caso no cubre ni una cuarta parte del entramado de carreteras. Las alternativas son por todos conocidas: o te subes a la acera y robas espacio al peatón convirtiéndote en objeto de insultos y bufadas o intentas ganar tu espacio en el andén y te arriesgas a que te adelanten de manera imprudente.

No obstante, la inclinación de la balanza seguía siendo clara para mí, o quizá como buena aragonesa solo era necesario que alguien me dijera que no sería capaz…En mi cabeza rondaba la idea de que no debía renunciar al derecho a utilizar un medio de transporte beneficioso para todos, cuando en septiembre abandoné mi ciudad natal.

Conocía otras ciudades como turista, como voluntaria o como trabajadora temporal, pero por primera vez estaba dispuesta a ser residente registrada en otro lugar: Münster, la ciudad de las bicis. En mis dos primeras semanas allí, la pregunta más repetida fue: “¿Tienes ya una bici?” Curiosamente, en una ciudad donde los universitarios viajan gratis con el transporte público por toda la región y los autobuses tienen una frecuencia cierta y envidiable, la bici es una necesidad básica. Paradójicamente, en una ciudad donde llueve casi todos los días y el viento y la niebla no envidian en absoluto a los de la ciudad de la Virgen del Pilar, la bici es el medio de transporte por excelencia.

En Münster, quien no tiene una bici tiene dos (para cuando pincha la primera poder recurrir a la segunda). La ciudad tiene aparcamientos para bicis en casi todos los lugares donde hay una acera y en aquellos sitios donde no esta previsto y se necesita, aparece un aparcamiento espontáneo.

El carril bici más común tiene una amplitud suficiente para que puedan circular dos bicis paralelamente. Siempre hay un carril bici en cada sentido y se debe circular correctamente en el lado correspondiente, a no ser que se quiera probar la efectividad y pertinencia de la Policía alemana. En algunos casos el carril bici es un carril adicional en la calzada, idéntico al de los coches y delimitado por una raya azul discontinua, que hasta ahora no he visto atravesar a ningún coche. En las calles que no hay carril exclusivo para la bici pero existe carril bus o taxi, está permitido utilizarlo de manera compartida. Incluso en algunas calles, las bicis pueden ir en dirección contraria a los coches sin que suponga un riesgo para su vida.

Sin embargo, para mí lo mejor son las rotondas. Cuando llego al cruce y de repente los vehículos motorizados dejan de contaminar unos segundos para que pase yo con mi espalda erguida, de verdad, es que me emociono…

Ciertamente nos queda mucho camino por hacer, un camino que empieza por un cambio de mentalidad fundamental, por valorar la importancia que tiene adaptar la ciudad a la bicicleta. Alemania ha sido tomada como modelo en la economía, en la manera de legislar, en la tecnología, en muchas y diversas materias, ¿por qué no intentamos exportar su ventaja en la cultura de bici?

La lluvia en Münster

Si tuviese que escoger los dos elementos que con más frecuencia pueden verse en la ciudad de Münster, definitivamente optaría por la lluvia y la bicicleta. Parecen dos palabras de difícil conjugación, sin embargo pese a registrar unas precipitaciones medias anuales de 744 mm., según el Anuario Estadístico que publica el propio Ayuntamiento , las cifras oficiales hacen referencia a 500.000 bicicletas en la ciudad.

Lejos de formar parte de una frase disyuntiva, en esta ciudad alemana la lluvia y las bicicletas son compatibles. La bici es el medio de transporte habitual de muchos ciudadanos y la lluvia puede aparecer de manera tan espontánea como impertinente, en cualquier momento y con todos los matices posibles. Por eso, quienes quieren combinar los dos elementos, sin tener disgustos ni pulmonías, salen de casa con los materiales necesarios.

En la bici, además de la cabeza, el tronco y los brazos, queda abiertamente expuesta al chaparrón la zona de los muslos. Esto tiene un inconveniente añadido, ya que mientras estamos en movimiento los músculos están calientes pero, al detenernos, la tela húmeda sobre el músculo enfriándose no es una buena recomendación. Por eso, cuando la lluvia es intensa, no es suficiente llevar un abrigo impermeable sino que debemos buscar una solución adicional.

La opción más inmediata, pero también ilegal y sólo apta para avanzados, es utilizar un paraguas. Pese a que el ciclista queda expuesto a una multa de la Polizei y un resbalón fatal, se ve por la calle gente que opta por esta no recomendada alternativa. Una segunda opción puede ser recurrir al poncho. Éste cubre ampliamente todo el torso de manera que al estirar los brazos para coger el manillar, tapa también la zona de las piernas. Para mayor comodidad, lleva cosidas en el interior dos cintas por donde se deben pasar las manos. Puntualmente las cintas pueden engancharse a los frenos para poder buscar algo en el abrigo, como un kleenex…Para transportarlo, se abre el bolsillo que tiene en la zona que cubre el pecho, se da la vuelta y se mete toda la tela dentro, convirtiéndolo en una especie de bolsa de cómodo transporte.

Una tercera opción, que se ve a menudo en Münster, son los pantalones con membrana impermeable y velcro en los laterales, que se ponen encima de los pantalones de calle. Los pantalones son especialmente prácticos cuando al temporal de lluvia se añade el viento, que podría convertir al usuario del poncho en auténtico derviche turco intentando dominar sus atuendos.

Otro asunto que se debe tener en cuenta es el sillín. Quizá la lluvia es considerada contigo y se limita a aparecer mientras estás resguardado. En ese caso, puede encontrar el sillín completamente mojado, con la incomodidad que esto supone. Se puede llevar un trapo o una bolsa de plástico en la mochila. También hay quienes optan por cubrir el sillín con una bolsa de plástico siempre que aparcan la bici, aunque tampoco esto es buena solución cuando aparece el viento. La solución óptima en este caso pasa por haber tenido un poco de suerte a mediados de octubre. Durante ese mes, dos librerías de la ciudad utilizaron el sillín de las bicis, que estaban estacionadas en determinados lugares, como reclamo publicitario. Para ello, cubrieron los sillines con unas fundas donde estaba impreso el nombre del establecimiento interesado. Desde entonces, muchos ciclistas urbanos llevan consigo el obsequio y lo utilizan para cubrir el sillín toda vez que lo encuentran mojado y de esta forma evitan que sea su ropa y cuerpo la que se empape en agua.

El último aspecto que se debe tener en cuenta y precisamente el más importante, es la conducción. Todos sabemos que los frenos no funcionan de la misma manera cuando están mojados, que la dinamo puede no alumbrar y que el suelo resbala más de lo normal. Pese a que el carril bici está hecho en su mayoría de adoquines ciertamente antideslizantes, las hojas mojadas que han caído de los árboles o las rayas del suelo trazadas con pinturas determinadas, pueden ser motivo de una caída fatal. Por eso, cuando llueve, es esencial extremar la precaución en la conducción, al fin y al cabo, si llevamos la indumentaria adecuada y el material tiene la calidad que nos certificó el vendedor, no debería preocuparnos mojarnos y si sucede, ¡quizá es el momento de volverse a casa y redactar una reclamación!

Comentarios y pedaladas [3]

El bosque vivo · 18.05.07 por Carlos Gamo

Una brisa suave movía ligeramente las hojas de los robles. Me había llevado unas dos horas aproximadamente llegar en bicicleta desde la estación de tren. Tren que me había traído hasta estas tierras del norte. Las siluetas de las montañas ya empezaban a tomar ese color azul verdoso que presagiaba el fin de la tarde y, con ellas, la brisa del atardecer traía un dulce sabor a tierra y humedad del bosque. El itinerario del viaje me iba a llevar entre ríos, bosques y colinas suaves y por pequeñas poblaciones, dejando más al norte los picachos que llevaban a cotas cercanas a los dos mil metros sobre el nivel del mar.
El bosque me rodeaba, los majuelos, avellanos, acebos, robles y hayas daban compañía a mis pedaladas, aunque también se dejaba ver algún tejo y entre todos ellos un pequeño arroyuelo que más adelante se convertiría en un pequeño río. Aquí, todo respira vida, todo esta en continuo cambio, evolución; con cada pequeña fracción de tiempo que pasa el bosque deja de ser el que era en apenas un segundo, desde las hojas de los múltiples árboles hasta las pequeñas briznas de hierba todo es nuevo, todo fluye creación instantánea, el bosque respira como ser vivo que es en su totalidad.
En ese momento, me vino a la cabeza cuan diferente era lo que estaba percibiendo en ese instante a lo que leí en el tren: un pequeño relato que me pasó una amiga, este relato estaba escrito en una especie de boletín o revistilla llamada Ciclopedia, el título de este relato era “La ciudad vieja”, en él, el autor trataba de dar una imagen-reflexión de las ciudadelas o antiguos núcleos de ciudades antiguas como cosas sin vida, sin un presente, en la que todo respira pasado, muerte. En las que las piedras y sus edificios no nos dicen nada más que lo que fueron un día en un pasado ya, olvidado, muerto.
Aquí, la energía del bosque fluye dinámica y constante siempre eterna hacía adelante nunca se para, siempre respirando vida, cada segundo diferente al segundo anterior, cada minuto diferente al anterior, desde el crecimiento de una rama, hasta la apertura de una yema que deja paso a una hoja, desde el minúsculo ciempiés abriéndose paso en la tierra húmeda hasta el majestuoso giro de las alas de un buitre posándose en los roquedos. Cambios en las cosas materiales como en las inmateriales, como los olores diferentes a medida que vas avanzando por el bosque; cambios en los diferentes trinos de los infinitos pájaros que se encuentran dentro del bosque.
La arquitectura secreta del bosque destila presente absoluto: aquí y ahora, nada de un pasado, quizá escrito en las raíces, en los troncos, quizá en señales que hay que saber interpretar pero nunca son algo estático, quieto, parado, detenido como en las ciudades, como en las piedras y el cemento, la naturaleza sólo nos muestra vida. Una vida que como la savia fluye hacía adelante como mi bicicleta se desplaza lenta y pausadamente gracias a mis rítmicas pedaladas.
La noche se aproxima y lentamente llego a un claro del bosque, cercano al constante y armonioso fluir del agua del arroyo, los últimos cantos de los pájaros me acompañan, aquí acamparé y me dejare mecer por el susurro del agua y por las lecciones y sueños del bosque.

Rumbo a Villasur · 18.05.07 por Walter Post Villacorta

Para Águeda

Rumbo a Villasur

A pesar de que hemos iniciado el regreso a Villasur de Herreros con el tiempo que creíamos suficiente, el sol, entre las agujas de las coníferas, está empezando a ocultarse. De cuando en cuando, sus rayos iluminan parte de la Vía Verde de la Sierra de la Demanda, entonces sentimos su calor, y los cortavientos llegan incluso a sobrarnos. Seguimos pedaleando. Las horas van pasando y la claridad se torna ambigua. Nos detenemos en un par de ocasiones para reponer fuerzas y, entre sorbo y sorbo de agua, algún que otro beso se desliza entre las galletas con chocolate. Dejo mis guantes a Águeda, pues el viento, cuando pasamos por pinares, se torna frío. Al cabo de un rato, cierta debilidad empieza a apoderarse de mis piernas, de mi aliento, al pedalear, y el pachucherismo se convierte en aliado del justificado cansancio. Mi cuerpo quiere parar, pero sé que aún quedan muchos kilómetros, y la luz se hace cada vez más tenue. Las hojas de las hayas alfombran el suelo en ciertos tramos y, al pasar por el hermoso puente de hierro, las tablillas de madera han temblado, recordando viejos tiempos en que otro medio de transporte horadaba el silencio de este precioso embalse. Nos damos cuenta del modo en que, progresivamente, el cielo se oscurece y la pista de la Vía Verde va destacando cada vez más del resto del entorno, adquiriendo, incluso, cierta fosforescencia blanquecina. Mi sensatez me grita que no vaya tan deprisa, pues ya no veo ante mí más que una masa amorfa de negrura que todo lo rodea y, en medio, una franja clara que, en ocasiones, parece incluso levitar, venirse hacia mí, como si me dirigiese hacia una cuesta arriba, pero lo cierto es que mis piernas apenas tienen que pedalear para seguir manteniendo esa velocidad. Me digo que podría haber ramas, una piedra, cualquier objeto tirado en el camino que me va a hacer volar, pero me dejo fluir, llevar por el ritmo de mi corazón y la urgencia del retorno. Hemos consultado el mapa en varias ocasiones, sorbiendo los últimos atisbos de luz, pero no aparece en ningún lugar el desvío que aparece sobre el papel. Si continuamos de frente, vamos hasta Arlanzón por pista, relativamente seguros, pero supone hacer muchos kilómetros más. De lo contrario, si nos salimos de ella por alguno de los maltrechos caminos que, de cuando en cuando, aparecen –ninguno el deseado que conduce a Villasur-, nos arriesgamos a seguir, sin luz, por un suelo que nos obligará a descabalgar y, quizás, a perdernos. Al cabo de unos kilómetros, una GR sale a nuestro paso. La decisión es difícil, pero nos arriesgamos, más aún, si cabe, pues no nos bajamos de las bicis, y vamos sin frontales. Empiezan los surcos en el terreno, los cruces en los que hay que robar a la negrura, desesperadamente, en cualquier rama o piedra, las marcas roja y blanca. Hay alambradas, socavones, algo de ganado que se asusta al pasar junto a él. Observo el cielo y, a pesar de no haber sol, ni luna, ni estrellas aún, cierta claridad azul marino cubre la bóveda; un préstamo que los dioses nos conceden para que nuestros dientes no queden clavados en el suelo en cualquier momento. Águeda está un poco asustada, pues imagina una noche de frío deambulando por entre campos anegados en barro, pero el pueblo está cerca, lo sabemos, aunque desconozcamos si vamos por el camino adecuado. Al cabo de unos minutos, de entre la oscuridad emerge, cual faro de esperanza, la torre de la iglesia de Villasur, y entonces la tranquilidad vuelve a campar por nuestros pechos. Sonreímos y, al estar ya bajo la luz de las farolas del pueblo, algunos minutos después, nuestros chalecos fosforescentes gritan de alegría. Nos abrazamos y un beso sella esta pequeña aventura inesperada. Regresamos al camping. Ducha caliente, un cuenco de seitán con bulgur, algo de chocolate –por supuesto- y una mirada serena, y agradecida, a las bicis, que –como sus dueños- duermen ya apoyadas la una en la otra, compañeras de viaje, maravillosos medios para sentirse vivos, más vivos aún, entre hayedos de hojas rojas, montañas besadas por la erosión y una Vía Verde que atraviesa valles… y une corazones.

Castilla · 18.05.07 por Pedro Leralta

Val d´Aosta

Campos de Castilla. Océanos de cebada, mares de trigo. Con sus olas mecidas por el viento. Tierra dura. Pueblos de adobe despoblándose. En pocos años morirán con los pocos ancianos que quedan en ellos. Es el progreso. Dicen.

El Burgo Ranero. Sonrío. Buen sitio para quedarse con ese nombre. No te lo explico porque no lo entenderías. Son cosas de humanos. Ni una rana a pesar del topónimo… Ya ha pasado León. Menú del peregrino. Buen precio y comida casera. Cuatro desconocidos compartiendo mesa. Joan, isleño balear y funcionario de ayuntamiento, nos cuenta: “Estoy enamorado. Estoy enamorado del camino. Hace cinco años fue la primera vez y desde entonces, mis mes de vacaciones, al camino. Ya tengo amistades en muchos pueblos y empiezo a ser de la gran familia jacobea…”. De piedra me quedo. ¿Tanto tira esto? ¿Es el viaje iniciático?

León y su barrio húmedo me despiden a las cuatro de la mañana. Te agarro y nos caemos. Me río. Me desternillo. Seguro que a ti no te hace ninguna gracia, pero no puedo parar de reír. Es la risa del borracho. Del que no sabe mentir. Y te agarro y te empiezo a preguntar por qué me ha dejado, qué he hecho mal. La vida es larga y queda mucho por hacer, pareces decirme consolándome con esa mirada metálica. Te lo agradezco entre risa que es llanto. Entre carcajadas de lágrimas. Yo también tengo mis razones para hacer el camino…

La maragatería. Donde el tiempo se detiene. El Bierzo. Verde y fuego. Tejados de pizarra entre valles perdidos. Montes arrasados por la cerilla del pirómano. Subsistencia entre la agreste belleza. Ya se escucha el gallego y pronto llegaremos a O Cebreiro. Pero antes una zarza en el camino hace que te desinfles, que te quedes sin fuerzas. Además la trasera. Paciencia. Alforjas. Rueda.

Cubierta. Cámara. Pegamento. Parche. Paciencia de nuevo. Nos dan las doce de la mañana. Fuerte pendiente ascendente. Treinta y seis grados a la sombra. Prefiero no pensar cuántos serán al sol. Al fin, las pallozas. Frescas en el interior, con sus tejados de brezo. Otra época. Galicia, cielo panza de burra. Chispea. Chispea. Lluvia infinita. No, es finita, finita pero insistente. Me río de mi ocurrencia.

En un cruce, una vikinga despistada. “¿Ayuda… help…?”. Uña y carne hasta Santiago. Cruzamos comarcas de pueblos ensamblados, pegados. Donde acaba uno empieza el otro. Se mezclan los carteles: parroquias, concellos, pobos, cidades. Minifundios superpuestos. Bosques, colinas, campo verde y cielo gris. Tres días. Empapados. Y tú, celosa. Ya lo sé, no te presto casi atención. Te dejo apoyada de cualquier manera…, se me olvida candarte…, lo sé. Perdona… La casualidad nos provoca: Miss Baviera y yo solos en un pequeño albergue. Estamos al lado, muy juntos, cada uno con su mochila… imaginaria. Pero pesada, muy pesada. Nos impide pasar de una mirada. Dormimos plácidamente.

“¡¡¡Santiago!!!”, gritamos. Gritamos fuerte al bajar hacia la plaza del Obradoiro. Sensación única. El vello de punta. Nos abrazamos. La felicidad de los locos. Pensión en el barrio viejo. Te dejo en un cuchitril lleno de polvo. Perdóname de nuevo, pero estoy eufórico. Pulpo, lacón, ribeiro, queimada. Y cama de matrimonio. Aparcamos las mochilas. Inolvidable.

Mañana. Siempre es mañana. Despedida eterna. Vuelta a casa. En el bus me preguntan por el viaje. Enumero: Idiazabal, Cabra riojano, Fresco de Burgos, Castellano viejo, Tetilla… Rosado, Rioja, Ribera del Duero, Tinto berciano, Albariño… Navarra, verde; Rioja, roja; Castilla, amarilla; León, marrón; Galicia, gris.
Gusto, olfato, vista… (¡y tacto!). Un viaje por los sentidos.
Mas la realidad es terca y el triángulo que pudo ser, perdió la hipotenusa; de la teutona nunca más se supo. Pero tú y yo, fiel compañera, nos bastamos para cerrar el círculo.

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