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EL AIRE DE LA CIUDAD · 30.08.07 por Miquel Amorós

El fin de la libertad en la generalización de lo urbano
Si como dijo Hegel el aire de la ciudad nos hace libres, en la misma medida el aire de la conurbación nos hace esclavos. Si el ágora, el foro o la plaza pública hicieron posible la libertad y la igualdad, su desaparición las aniquila. La conurbación que sustituye a la ciudad -y que algunos llaman posciudad-tiene características bien diferentes. La conurbación es exactamente lo contrario de la ciudad, lo opuesto de un lugar a la medida del habitante: es una no-ciudad, un espacio hecho a la medida del automóvil. Un amontonamiento aleatorio de edificios desparramándose por el territorio sin más orden que el que imponen los cinturones y ejes viarios. Lo que define la ciudad es el espacio público, el terreno común donde se dan las condiciones de una vida pública, allí donde los habitantes, a los que llamamos con propiedad ciudadanos, pueden expresarse; allí donde pueden formular y defender un proyecto colectivo. Gracias a esa dimensión política, la polis, es decir, la ciudad, fue el lugar privilegiado de la historia, de la historia como despliegue de la libertad. En cambio, en la conurbación no existe espacio público; se sigue llamando así a una zona neutral donde son imposibles las relaciones urbanas, el diálogo político o la gestión ciudadana; un espacio-espectáculo que no llama a prácticas comunitarias sino a circos que consagran la pasividad. Lo que define a la conurbación es el espacio circulatorio, el asfalto, que abarca prácticamente todo el espacio no construido. Un espacio donde se puede ir de un lado a otro sin tocarse, pero donde los encuentros son imposibles; un lugar muerto en el que se deshacen la libertad y la historia. Desde que la ciudad no es ciudad, los ciudadanos no son ciudadanos. Los que ahora se llaman así son sólo votantes, sin un sentido particular de pertenencia, puesto que la conurbación no pertenece a los que la habitan. El urbanismo ha sido el instrumento de esa desposesión.
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En el estado español, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, las grandes ciudades dieron un salto cualitativo en la urbanización. Los Planes de Desarrollo y la entrada de capital foráneo fueron para la época el equivalente de lo que fueron derribo de las murallas y la llegada del ferrocarril para el periodo anterior. La actividad industrial pasó a ser preponderante y a concentrarse alrededor de las ciudades, forzando un vaciado de población rural. En quince años la población de muchas ciudades llegó a duplicarse. La oleada migratoria apenas pudo ser albergada en bloques de pisos, polígonos y grupos de viviendas, de arquitectura pésima, vertical y barata, ubicados según el precio del suelo con el objetivo de contener el mayor número posible de habitantes por metro cuadrado. La manzana como unidad edificatoria fue definitivamente abandonada y el bloque abierto pasó a ser la unidad celular del tejido urbano. Espacialmente significaba un grado mayor de privatización y de anonimato. Aunque por primera vez, o casi, el crecimiento estuvo planificado, los Planes Generales de Ordenación no sirvieron más que para rellenar con total permisividad los terrenos situados entre la ciudad histórica y una ronda viaria diseñada ex profeso, plasmando un esquema de crecimiento concéntrico -como una mancha de aceite— que nunca será modificado. El deterioro de los barrios populares provocó la huida de las clases medias a la periferia, lo que a su vez obligó a largos desplazamientos y generalizó el uso del automóvil. La ciudad se sale de sus límites merced al vehículo de motor. Al expandirse se multiplican las distancias y pierde la forma, exigiendo cada vez más medios de transporte. El tráfico rodado aparece tímidamente y toma posesión de las calles. En pocos años será el amo absoluto de la ciudad industrial. Durante los años sesenta las ciudades no solamente se extendieron sino que se suburbializaron. La motorización de la población, el almacenaje masivo de gente en los extrarradios, la degradación de los centros históricos y la destrucción de los huertos urbanos fueron fenómenos simultáneos. A los problemas económicos se añadieron los relativos a la miseria cotidiana, o, dicho con palabras prestadas de la sociología, a la “mala calidad de vida”.
Pero mientras que cualquier manifestación pública era reprimida, el coche propio, la televisión y una mínima capacidad de consumo ensanchaban los límites de lo privado. El fútbol sucedió a los toros como primer espectáculo de masas. La zonificación como principio exclusivo, la privatización equipada y la dictadura de la circulación caracterizaron el urbanismo desarrollista, dando como resultado una aglomeración de individuos con escasos vínculos entre sí, indiferentes al lugar, automovilistas esclavos de las leyes dictadas por las “infraestructuras”, bien fuesen circunvalaciones o autovías radiales.
El desarrollismo no fue sin embargo un rasgo específico de la dictadura franquista. Formulado por primera vez por el presidente norteamericano Truman en 1949, fue la doctrina oficial de todas las clases dirigentes y de todos los que hablaban en nombre de las clases oprimidas. Por eso el cambio de régimen alumbró una clase política separada pero no supuso un cambio de orientación en el fascismo urbanizador y mucho menos un retorno de la vida pública. Tras un corto espejismo se produjo una profesionalización acelerada de la política y el sindicalismo a la par que una desactivación del movimiento vecinal, procesos que sustituyeron a los mecanismos represivos anteriores de forma mucho más eficaz. España siguió siendo “una, grande y urbanizable”. Los nuevos PGOU eran trajes aparentemente distintos pero hechos a con los mismos patrones. Unos pocos zurcidos, más verticalidad, mayor zonificación, mucha más motorización y de nuevo un desarrollismo sin otra justificación que la continuidad del proceso especulativo, puesto que la población dejó de crecer durante casi dos décadas. Bajo la consigna “la tierra para el que la recalifica”, los especuladores colmaron de edificios los huecos de las ciudades hasta un segundo, tercero o cuarto cinturón, consumiendo el suelo de uso industrial periclitado y lo que quedaba de suelo agrícola, para soldarse luego con las ciudades y pueblos circundantes y constituir una gran área metropolitana. El fenómeno ha sido llamado “periurbanización”. Las antiguas barriadas céntricas se despoblaron y fueron parcialmente reocupadas por población marginal, acentuándose el deterioro de los lugares. Los viejos ensanches también empezaron a perder gente; buena parte del relevo generacional buscó casa en la primera o segunda corona metropolitana, ya por deseo de mejor entorno, ya por precios más asequibles. Gracias a la derrota del movimiento obrero pudieron pacificarse los escasos lugares liberados a la vida pública y lograron disolverse las ansias emancipadoras en un océano de consumismo y evasiones lúdicas. El subdesarrollo intelectual del habitante resultaba tan acentuado por el urbanismo que era muy fácil de adoctrinar para el consumo y las hipotecas. El desarrollismo exacerbó todas las taras del urbanismo burgués: la fragmentación de la ciudad, la destrucción del territorio, la masificación, la inmadurez mental, el predominio de la movilidad sobre los lugares, la urbanización sin límites… Los materiales prefabricados prepararon a los consumidores para una la uniformidad absoluta a traves de unos cuantos milllones de pisos, apartamentos y casas idénticos. Una arquitectura anónima entraña un modo de vida impersonal, insensible a la belleza tanto como a la fealdad, regido por una idea de confort privado que descansa en el ascensor, las cristaleras, el aire acondicionado, los cuartos de baño y sobre todo en la bunkerización, a base de alarmas, códigos de acceso y puertas blindadas. El desarrollismo urbano, tanto en la Dictadura como en la Democracia posdictatorial, transformó la ciudad en mero soporte de la circulación autónoma y de ahí vino lo demás. Al resultado final ya no se le podía llamar ciudad, puesto que se trataba de una extensión urbanizada sin fronteras, sin forma y sin carácter; un nódulo, o un “hub”, o un punto de articulación del retículo de la economía mundializada, semejante a cualquier otro. Patrick Geddes tempranamente llamó a eso “conurbación”; otros le llamaron “sistema urbano”. No era un fruto de la globalización; era la conditio sine qua non de su funcionamiento. La globalización descansa sobre una red de territorios hiperurbanizados por donde se mueven en tiempo real la información y los capitales; sobre un racimo pues de conurbaciones.
La conurbación de la era globalizadora tiene tres rasgos que la acompañan: ausencia de límites (“generalización de lo urbano”), diversidad de centros (“multipolaridad”) y desagregación social extrema (atomización). Son los trazos requeridos por una economía terciaria que, al separar geográficamente el proceso productivo de los lugares de consumo, eleva la circulación al rango de actividad preponderante. Y con la circulación todos los aspectos relacionados: el almacenamiento, la manipulación, la distribución y transporte. Para adaptarse a una economía de servicios, la conurbación debe por una parte sobrepasar un determinado tamaño crítico que la haga rentable como mercado; por la otra, disolver su centro en una red eficaz de polos especializados. La población necesaria viene de lejos, expulsada de sus países por la liquidación de las formas de sociedad anteriores a la globalización. Finalmente, la conurbación ha de conectarse con las demás de todas las maneras y a toda velocidad. La permanencia dentro de la red de flujos capitalistas exige grandes infraestructuras, suministro regular de gasolina, una mayor oferta de servicios a las empresas y un márketing espectacular a base de eventos mundiales de tipo deportivo o cultural. La conurbación es un territorio-empresa en perpetua exposición y promoción, cuya entrada ha de ser cómoda y la salida, fácil. La actividad a la que sus habitantes dedican el mayor tiempo es circular, ir desde su suburbio-dormitorio al trabajo o al centro comercial. El espacio urbano es ahora un espacio sin conflictos, sin sucesos, donde nunca pasa nada; un espacio sin pasado, y, por lo tanto, sin historia. Las torres de veinte o treinta pisos son el paradigma de la soledad y de la paz urbana. Un lugar inhóspito, donde nadie entabla relaciones gratificantes, ni establece sólidas ataduras, ni piensa en quedarse para siempre. Un lugar peligroso donde el azar reparte la mala suerte, puesto que pesar de que los individuos han sacrificado su libertad, su independencia e incluso su salud a la protección que les brinda la economía y al Estado, la sensación de inseguridad es considerable. Un lugar apto para personal gregario y gente infeliz y depredadora.
[...]
Si la política de infraestructuras tiene un punto débil, ese no es el suministro de agua potable, la producción ingente de residuos o la generalización de conductas anormales; hace mucho tiempo que la conurbación dejó atrás las condiciones humanas de vida. El talón de Aquiles es el petróleo. El avance de los suburbios depende de la proliferación de automóviles y de la disponibilidad ilimitada de carburante. Así pues, el final del ultradesarrollismo urbanizador -del capitalismo— no vendrá de la mano de un cambio climático o de una epidemia mortífera sin igual, sino de una sencilla crisis energética. Los combustibles fósiles hicieron posibles las industrias, los transportes, y, por lo tanto, las conurbaciones. Están tan íntimamente ligados a la economía global que cuando empiecen a escasear ésta no sobrevivirá. El crecimiento en un contexto de recesión de la producción petrolífera conduce al colapso social. Hoy por hoy ninguna energía, ni siquiera la nuclear, puede tomar el relevo. Todo el sistema económico dejará de ser rentable. Las conurbaciones, sin automóviles, no serán viables. Millones de segundas residencias quedarán vacías o serán ocupadas por fugitivos de las metrópolis. Y eso es lo que sucederá dentro de unas décadas, pocas. De nuevo volverán condiciones objetivas que empujen a los individuos proletarizados a mirar el mundo fríamente y actuar en consecuencia. No se trata pues de sentarse y esperar a que pase por la puerta el cadáver del capitalismo. Conviene ir sabiendo por donde hay que tirar. La lucha por liberar el espacio urbano será la nueva lucha de clases. Un programa radical ha de oponerse al desarrollismo y reclamar un retorno a la ciudad, es decir, al ágora, a la asamblea. Ha de proponerse fijar límites al espacio urbano, devolverle la forma, reducir el tamaño, frenar la movilidad. Reunir los fragmentos, reconstruir los lugares, restablecer relaciones solidarias y lazos fraternales, recrear la vida pública. Desmotorizarse, vivir sin prisas. Olvidarse del mercado, relocalizar la producción, mantener un equilibrio con el campo, demoler las tres cuartas partes de lo construido, deshormigonar el territorio. La economía ha de volver a ser un simple asunto doméstico. Salir del anonimato. El individuo ha de desarrollarse hasta encontrar su punto en la colectividad y echar raíces. La ciudad ha de generar una atmósfera que al respirarla haga libres a sus habitantes.

Miquel Amorós
Conferencia dada en el Ateneo Libertario de El Cabanyal, Valencia, 16-VI-2007.
hwww.nodo50.org

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    oywcmicft    Jul 18, 12:45 PM    #
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    lcwjupipp    Jul 26, 03:01 PM    #
  3. BARCELONA. Brusco freno al DESARROLLISMO DE LUJO.

    Rafael del Barco Carreras

    Al igual que otras “ciudades industriales” españolas, Barcelona, tras sufrir su “revolución” 1936 y la guerra civil, inicia la recuperación con la Guerra Mundial. El abastecimiento en las guerras europeas del XIX uno de los motores de su desarrollo industrial, y en la Primera de 1914, la abundancia se palpaba, y hasta mi padre, un aprendiz en los incendiados Almacenes el Siglo de las Ramblas, cobrará alguna moneda de plata y oro. La miseria de los 40 se atenúa con el desarrollo europeo y presencia de las poderosas empresas alemanas (muy beneficiadas por Franco), más las inversiones industriales (autarquismo franquista), tipo SEAT, Ebro-Motor Ibérica, la Maquinista, las industrias complementarias, las últimas textiles, y el incipiente turismo en sus costas. Los 60, años de oficial “desarrollo y planes de estabilización”, la ¡gloria! comparados con los 40, pero en el 73 el desarrollismo se detiene… con augurios catastróficos tras la muerte de Franco.

    La Ciudad superará el bache a través de los 80 con nuevos ríos de dinero. La escalada turística se complementa con la prostitución y la DROGA, primer mayorista redistribuidora europea. Las quiebras bancarias posfranquistas se dulcifican adsorbidas por el Sistema, Madrid. Los pelotazos de sus muy deterioradas industrias, con inventos tipo De la Rosa y el desaparecido dinero kuwaití, o recalificaciones de terrenos fabriles o rústicos. Los traspasos de competencias a la GENERALITAT con contrataciones masivas de funcionarios y presupuestos financiados desde Madrid (inflación a mansalva), con corruptas compras de edificios y créditos solucionando las quiebras de parte del Grupo Banca Catalana. La expansión territorial por ESPAÑA y paraísos fiscales, donde ya aparecían antes de la guerra, de sus amorfas instituciones crediticias, las CAIXAS, ¿públicas o privadas para privados?, sólidas hasta entonces por la limitación legal de las inversiones, a la inversa que sus bancos, todos quebrados.

    Y coronando los 90, el mayor espaldarazo y desarrollo de su historia, LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE 1992, y la total integración en la EUROPA OCCIDENTAL, el ECU y entrados los 2000 el EURO, multiplicando el flujo de dinero europeo.

    Financiación abundante y barata, hasta que el pozo sin fondo se detiene, iniciándose OTRA ETAPA. Si todas las ciudades del Mundo dejan la huella de su desarrollo como el tronco de los árboles en sus anillos, siendo el último o su viejo núcleo inicial el de los marginales, en Barcelona el gran negocio de la droga ha revuelto tanto los conceptos que junto a un piso patera (sustituyendo las barracas de los 50 y 60) se encuentran lujos a lo Pedralbes. Un revuelto de futuro difícil de no fluir el dinero al igual que en los últimos veinte años, con no menos de un millón de extranjeros flotando (muy diferentes a los integrados charnegos de principio de siglo o de los 50 y 60, con abundante reflujo a Francia, Alemania o Suiza) sin apenas más conocimiento de su entorno de que trabajaron o ganaron dinero.

    Del desarrollo, común a otras muchas ciudades en EUROPA, surge un atosigante DISCURSO DEMAGÓGICO DE SUS DIRIGENTES atribuyéndose un “NOBEL U OSCAR” CONTINUO DEL BUEN HACER, INTELIGENCIA Y ENTREGA A LOS DEMÁS. Desde los franquistas salvadores de OCCIDENTE a los seráficos CATALANISMO o SOCIALISMO DEMOCRATICO, con deriva al “nacional socialismo”. Y ahora, todos a una, con lo del ratón de la fábula “¿QUIÉN HA ROBADO MI QUESO?”.

    Tras los Franquistas, prepotentes y chulescos con inauguraciones a destajo, surgen otros TAN O MÁS CARGANTES atribuyéndose no solo el milagro de autopistas, barrios de gran empaque, hospitales, políticas sociales, enseñanza y sanidad, y demás excelencias, sino y hasta la LUCHA CONTRA LA DICTADURA. Dudosas excelencias, sin olvidar las peligrosas deficiencias en infraestructuras básicas, agua, electricidad y transporte público, donde desde Franco apenas se ha invertido (únicamente en lo cofinanciado con Europa).

    La burla no es que se atribuyan lo común en la mayoría de ciudades europeas (algunas arrasadas tras la guerra) sino que buena parte de los DEMAGOGOS, franquistas, socialistas o pujolistas, DIRIGENTES (se entiende), con familiares y amigos, alcanzan riquezas superando a las EUROPEAS. Con denominador común, ANDORRA Y SUIZA, donde acaba el pillaje a los bancos (los quebrados tras Franco) y las esquilmadas CAIXAS actuales a rebosar de hipotecas basura y fantásticas operaciones crediticias (hoy se guardan en Madrid bajo siete llaves las LISTAS DE LIECHTENSTEIN). Pequeño sumando los cargos y jubilaciones de importes impensables en CUALQUIER DEMOCRACIA de mayor base económica. Barcelona goza de un sistema, iniciado tras la entrada de las tropas franquistas, o varios paralelos e integrados, que reconduce su gran capacidad a bolsillos concretos, y no por conceptos de productividad, éxito en los negocios LEGALES, o innovación empresarial, sino por situación en la POLITICA, FUNCIONARIADO Y FINANCIACIÓN (más o menos lo mismo). www.lagrancorrupcion.com


    Rafael del Barco Carreras    Sep 5, 02:47 AM    #
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