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Crear ciudades · 15.07.06 por Ángel Postigo

En los últimos meses, la opinión pública ha conocido dos hechos que algunos partidos y organizaciones ecologistas denunciaban desde hacía tiempo: las ciudades españolas son, en su mayor parte, un modelo de desarrollo insostenible y la mal llamada urbanización del suelo ha arrasado una considerable porción del territorio de manera irreparable a medio plazo. La costa mediterránea es el paradigma de esa furia constructora que ha confundido muy interesadamente progreso con especulación y calidad de vida con ladrillo y asfalto por doquier. En España se han proyectado entre abril de 2005 y marzo de 2006 820.000 viviendas, tantas como en Francia, Alemania y Reino Unido juntos, comparación que puede dar idea clara de esta desmesura. La corrupción ha asolado los ayuntamientos al mismo ritmo que ha disminuido la confianza de los ciudadanos en las instituciones que deberían gobernar por el bien común.

En una clara manipulación del lenguaje, a esto lo han llamado urbanizar, pero no hay nada más alejado de su significado original (urbs, ciudad) que el resultado al que la fiebre constructora parece abocarnos. No son, en su mayoría, verdaderas ciudades lo que se crea; no son lugares a la medida del hombre, respetuosos con el medio ambiente, destinados a la convivencia, organizados según las ideas de proximidad y eficiencia energética; no son, por último, lugares donde se busque la belleza y la armonía a la que los seres humanos necesariamente aspiran. Las periferias de las ciudades, Madrid a la cabeza, se han ido convirtiendo en cuadriculadas colmenas de cemento sin apenas servicios y dependientes de hipermercados o, ya al estilo norteamericano, malls (superficies comerciales apabullantes) que sustituyen a la plaza pública donde los ciudadanos dirimen sus asuntos, al comercio cercano que vivifica la convivencia y al paseo donde el vecindario se contempla y relaja.

Con algunas excepciones, muy insuficientes, estas nuevas no-ciudades dependen del coche para todo: trabajo, compras, ocio. Sus habitantes demandan más carreteras, que acaban mermando su nivel de vida (saturación, pérdida de tiempo, accidentes, repercusión medioambiental), y en consecuencia el asfalto se extiende imparable. Como ejemplo valga de nuevo la Comunidad de Madrid, donde ya se ha superado a Alemania en proporción de carreteras por habitante y no se anda lejos del récord absoluto en Europa.

No hay transporte que en sí mismo pueda responder de forma racional y respetuosa con el medioambiente a esta extensión descontrolada de la vivienda. Sólo el modelo de ciudad compacta, el principio de cercanía al puesto de trabajo y las políticas que desanimen al uso del vehículo privado pueden conjugarse con el transporte sostenible: el uso de la bicicleta es en este contexto un apoyo fundamental para que el espacio sea de verdad público, la convivencia en las urbes abarrotadas algo más que una quimera, viajar sin prisas por nuestro país una forma de turismo limpio y al alcance de todos.

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Bicicleta y riesgo Del peaje a la periferia