Bicicleta y riesgo · 10.04.06 por Ángel Postigo
Según los datos publicados por El Periódico del 3 de julio de 2005, entre 1989 y 2003 el número de ciclistas víctimas de accidentes en España ha disminuido considerablemente. En vías urbanas se ha pasado de 40 a 15, a pesar del aumento de usuarios de la bicicleta en varias ciudades. En Barcelona, la ciudad española con más ciclistas diarios y más kilómetros de carril bici, no se produjo ninguna muerte en 2005, aunque si aumentaron los accidentes. En carretera también han mejorado las cifras para el mismo periodo de tiempo, de 140 muertos en 1989 a 63 en el 2003.
Son cifras positivas que confirman algo sabido: la baja peligrosidad de la bicicleta, especialmente en su uso urbano. Para los desplazamientos en ciudad, el riesgo de accidente es sólo un poco más alto que en automóvil. La posibilidad de muerte o de resultar herido grave con respecto al coche es de 1,5 a 2 veces mayor (sin olvidar que la seguridad ciclista está ligada a la relación de fuerza numérica entre bicicletas y automóviles), mientras que los ciclomotores son al menos 10 veces más peligrosos que el coche y 7 más que la bicicleta en trayectos urbanos y las motocicletas resultan al menos 50 veces más peligrosas que el coche (G. Wolf, 1991).
Sin embargo una cosa es el riesgo real y otra bien diferente es el riesgo percibido. Es este último el que da lugar a paradojas como la serenidad con la que un conductor sobrepasa los límites de velocidad sin percibir el enorme peligro que eso supone para sí mismo y para los demás, mientras que muchos usuarios potenciales de la bicicleta urbana perciben un riesgo desmesurado y disuasorio en los tranquilos desplazamientos a una media de veinte por hora por las calles ciudadanas, en las que la mayor parte de las situaciones comprometidas se solucionan con una atención suficiente al entorno de circulación y, en caso extremo, echando pie a tierra.
Hay otra forma de analizar las cifras que hemos dado al comienzo también relacionada con factores subjetivos y que revela comportamientos algo contradictorios. El riesgo no es un factor disuasorio en la práctica del ciclismo deportivo, es decir, no es frecuente oír a un practicante del ciclismo de carretera o de montaña que el peligro le ha llevado a abandonar su afición. Sin embargo, en estas dos vertientes del ciclismo deportivo se asumen conscientemente riesgos que nunca aparecen en el contexto urbano, dado el carácter extremo de los comportamientos competitivos, relacionados con la superación personal o la búsqueda de emociones fuertes. El ciclista que desciende un puerto a mucha velocidad o el que se lanza cuesta abajo entre piedras y desniveles está poniéndose, en alguna medida, en peligro y, de hecho, no son infrecuentes los accidentes graves en la práctica de estos deportes. Paradójicamente, muchos ciclistas deportivos que asumen este tipo de comportamientos aducen la “peligrosidad” de la bicicleta en la ciudad para no hacer uso de ella en los desplazamientos cotidianos.
Si hablamos de Madrid, es innegable que nos encontramos en una ciudad donde la relación de fuerza entre automóviles y bicicletas, así como los comportamientos de los cochistas y las escasas infraestructuras complican las cosas, si comparamos con ciudades más tranquilas. No obstante, las cifras siguen mostrando obstinadamente que el riesgo percibido no tiene nada que ver con la realidad. Una gran ciudad requiere seguramente precauciones diferentes y destrezas algo especiales para los desplazamientos en bici, al igual que requiere a los peatones más atención y paciencia, y al resto de conductores un aprendizaje suficiente para desenvolverse por una urbe compleja y casi siempre abarrotada.
