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Vacaciones depredadoras · 17.07.07 por Ángel Postigo

Fuera de las rutas más asentadas en España, como el Camino de Santiago, la Ruta de la Plata o las Vías Verdes, el cicloturismo de alforjas es recibido todavía con cierta sorpresa, con escepticismo incluso. Sin prisas, empeñados con frecuencia en una autonomía que les obliga a acarrear lo necesario para dormir y comer allá donde les dicten la necesidad o el gusto, los grupos de cicloturistas (o el cicloturista solitario, que suele producir una mezcla de admiración y extrañeza a su paso) son contemplados por el resto de viajeros estivales con una media sonrisa de incomprensión, acompañada de cierta envidia a veces. No es de extrañar, ya que el cicloturismo se encuentra en las antípodas del turismo desaforado de coche, sol, playa, consuo irracional, cemento y expolio del medio ambiente que muchos viajeros suelen escoger.

Según cifras de El País, se prevé que en estos dos meses de verano se produzcan 90 millones de desplazamientos por carretera, en los que los vehículos emitirán como mínimo 9,54 millones de toneladas de CO2. Así, señala el diario, se da la paradoja de que el sector turístico es a la vez verdugo del medio ambiente y víctima inmediata, debido al calentamiento global al que contribuye. “El turismo es un depredador de energía, ya que la cultura del descanso y las vacaciones se identifican con el viajar”, advierte Yayo Herrero, de Ecologistas en Acción. El transporte turístico supone el 8% de las emisiones de CO2 de la UE. De este porcentaje, el 50% corresponde al transporte aéreo y el 41% al de carretera. La Comisión Europea, a través de un grupo de trabajo creado en 2004 para fomentar el turismo sostenible, exige que los políticos y las empresas “trabajen juntos para fomentar formas de transporte menos dañinas con el medio ambiente, como el tren, los autobuses o las bicicletas”.

Por tanto, viajar no tiene por qué ser sinónimo de destrucción medioambiental ni de abuso de recursos. El cicloturismo, en combinación con el transporte público, en especial el tren, puede abarcar amplias zonas sin generar ruidos ni contaminación, no necesita de las costosas y devastadoras infraestructuras del turismo masivo (pues está en su esencia el contacto directo con la naturaleza y las gentes; nada más alejado de la urbanización salvaje con su peaje, nunca mejor dicho, de movilidad insostenible), promueve valores saludables y respetuosos con las zonas visitadas, que a su vez se benefician de un tipo de turismo sin apenas impacto medioambiental.

Desperdigados por España, muchos afuera también, los cicloturistas acarrean alforja y tienda desde muy temprano para evitar las horas más calurosas. Viven aventuras, quizá mínimas pero estimulantes, sobre sus bicicletas y saborean cada segundo lo que ven, lo que les ofrece la naturaleza y lo que su propio cuerpo les hace sentir mientras pedalean. Placeres al alcance casi de cualquiera, que verá así recompensada con creces una forma de viajar en vacaciones mucho más sensata que el modelo que actualmente se nos ofrece como inevitable.

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